Ana Catalina Emmerick


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Autobiografía de Ana Catalina Emmerick –

Sinopsis

 

Excepcional mística cristiana

Tras la apariencia de una monja sencilla, en Ana Catalina Emmerick (Coesfeld, 1774 – Dullmen, 1824) se esconde una de las grandes místicas católicas de los últimos siglos. Desde su más tierna infancia, fue un alma de excepcional bondad, devoción y pureza. Su vida y su legado iluminarán por siglos al cristianismo y a toda la humanidad.
El escritor francés Léon Bloy dijo «Si el libro “Vida de Ana Catalina Emmerick”, escrito por el padre Schmoeger, fuera leído por veinte personas en cada diócesis, Dios cambiaría la faz del mundo”. Difícil resumir mejor el potencial del legado de esta extraordinaria monja agustina.

 

Hacia una mejor comprensión del nuevo “Nuevo Testamento”

Por muy incomprensible que pueda resultarnos, Ana Catalina fue bendecida ya desde su niñez con un don, acorde a su intensa devoción: acceder a un conocimiento directo de la vida de Jesús, de la Sagrada Familia, de los apóstoles y de los santos. Son sus “visiones”, a través de las que no sólo contempla los sucesos históricos, sino que es capaz de percibir los sentimientos y pensamientos de los protagonistas. En la literatura sobre el misticismo se explica cómo una capacidad semejante llega ocasionalmente a las personas espiritualmente desarrolladas.
El relato extremadamente detallado, profundo, veraz de sus visiones sobre la vida de los personajes bíblicos y de Jesús aportan al lector una comprensión íntima sobre el cristianismo que desborda al de otras Sagradas Escrituras. Son elocuentes, hermosas, poderosas, de imprescindible lectura.
Para muchas personas de hoy día, pensar que haya existido un milagro semejante, que alguien a través de visiones pueda acceder a un conocimiento de hechos pasados, resulta inaceptable. A este respecto, responde este comentario de la propia Ana Catalina Emmerick, relatando una conversación que mantuvo de niña con su devoto padre, Bernard Emmerick, un humilde y abnegado campesino alemán:

“Debía salir al campo con mi padre y llevar caballo, conducir la rastra y hacer todo género de faenas. Cuando dábamos alguna vuelta o nos parábamos, decía: “¡Qué hermoso es esto! Mira, de aquí podemos divisar la iglesia de Koesfeld y contemplar al Santísimo Sacramento y adorar a Nuestro Señor y Nuestro Dios. Desde allí nos está viendo y bendiciendo nuestro trabajo”. Cuando tocaban a misa, se quitaba el sombrero y hacía oración, diciendo: «¡Oigamos ahora misa!” Mientras trabajaba, decía: “Ahora está el sacerdote en el Gloria; ahora llega al Sanctus; y ahora debemos pedir con él esto o aquello y recibir la bendición”. Después cantaba o repetía alguna tonada. Cuando yo levantaba las mieses, decía: “Se espantan las gentes al oír la palabra milagro, y he aquí que vivimos de puro milagro y gracia de Dios. Mira el grano en la tierra: ahí está y de él sale un tallo que produce ciento por uno. ¿No es esto un gran milagro?” El domingo, después de comer, nos refería el
sermón y lo explicaba de un modo muy edificante. También nos leía la explicación del Evangelio.”

 

Sus visiones, un tesoro espiritual para la humanidad

El relato de sus visiones ha llegado hasta nosotros gracias a su amigo el escritor Clemente Brentano y a su doctor de cabecera Guillermo Wesener, quienes transcribieron y ordenaron las explicaciones detalladas que ella hacía de sus visiones. Clemente Brentano era un fogoso escritor romántico que tras su contacto con Ana Catalina se convirtió al catolicismo. Guillermo Wesener quedó convencido de la altura espiritual de Ana Catalina cuando ella le reveló secretos de su vida personal que nadie podía conocer.

 

Con respecto al porqué de estas visiones, nos refiere lo siguiente la propia Ana Catalina:

“Ayer he pedido fervorosamente a Dios que dejase de concederme estas visiones, para verme libre de la responsabilidad de referirlas. Pero el Señor no quiso escucharme; antes bien, he entendido, igual que otras veces, que debo referir todo lo que veo, aunque se burlen de mí y no comprenda yo ahora el provecho que resulte de esto. También he sabido que nadie ha visto nunca estas cosas en el grado y medida en que yo las veo, y he entendido que no son cosas mías, sino de la Iglesia. 
“Yo te doy esta visión, me dijo el Señor, no para ti, sino para que sea consignada: debes, pues, comunicarla. Ahora no es tiempo de obrar maravillas exteriores. Te doy estas visiones y te las he dado siempre, para mostrar que estoy con mi Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero las visiones, por sí solas, a nadie hacen bienaventurado: has de ejercitar, pues, la caridad, la paciencia y todas las virtudes”.
Las admirables visiones sobre el Antiguo Testamento y las numerosas visiones sobre la vida de los santos, me fueron comunicadas por la bondad de Dios, no sólo para mi instrucción, sino para que las publicara, e hiciera conocer tantas cosas escondidas e ignoradas. Muchas veces me fue inculcado este mandato. 
Hace mucho que yo hube de haber muerto. He conocido en una visión que hace tiempo yo hubiera muerto, si no fuera porque debía hacer conocer estas cosas por medio del Peregrino (así se refería afectuosamente al escritor Clemente Brentano). Él debe escribirlo todo. A mí me corresponde únicamente comunicar mis visiones. Cuando el Peregrino lo haya ordenado todo y todo esté
terminado, morirá él también.”

 

Luz sobre la figura de Jesús y su mensaje

Muchos de quienes hemos llegado a conocer de la existencia de Ana Catalina de Emmerick lo hemos hecho a través de la película de Mel Gibson “La pasión de Cristo”. Esta película, excelente e inspirada, incluye en su guión parte de las visiones de Ana Catalina, no recogidas en los Evangelios, que nos ayudan a entender mejor qué sucedió, cómo y por qué. Pues bien, estos destellos de verdad que se reflejan en la película, palidecen cuando leemos el relato completo no sólo de la Pasión, sino de toda la vida de Jesús, de la Sagrada Familia y de muchas otras personalidades espirituales descritas en el Nuevo y en el Antiguo Testamento.
Durante 2000 años la luz del ejemplo de Jesús ha brillado a través de los 4 Evangelios canónicos, relatos de la vida de Jesús, a la fuerza breves y concisos por las limitaciones del tiempo histórico (escritura en rollos de pergamino,…). Esa misma luz brilla con indescriptible intensidad, cercana, real, inteligible en los relatos de las visiones de Ana Catalina. Es tan detallado el relato de los hechos, es tan profundo el conocimiento histórico que refleja, son tan íntimos los retratos psicológicos que traza, que resulta imposible entender como una monja agustina de educación sencilla pueda relatar estos hechos, sino es porque se trata de una verdad revelada. Los sucesos que describe Ana Catalina se han visto corroborados por hallazgos históricos y son coherentes con el Nuevo Testamento y con otros textos, como los evangelios apócrifos. Sus detalladas descripciones han llevado a ubicar santos lugares perdidos durante siglos. Un ejemplo, es el descubrimiento en Éfeso (Turquía), gracias a sus indicaciones, en 1891 de la casa en la que la Virgen María pasó sus últimos años.

 

El tesoro espiritual de sus visiones, un suceso crítico para el cristianismo

Las visiones de Ana Catalina guardan una capacidad para hacer comprensible el cristianismo y un potencial de renovación y acercamiento íntimo al mensaje de Jesús, que resulta difícil encontrar un suceso de semejante significación en los últimos siglos. Nos corresponde ahora a cada uno de nosotros hacer el pequeño esfuerzo de acercarnos y conocer su mensaje.

El relato de las visiones de Ana Catalina es un tesoro espiritual inconmensurable. Nuestra deuda de gratitud hacia ella también. Mostrémosle nuestro afecto en consonancia.

 


Autobiografía de Ana Catalina Emmerick – Capítulo 1

AUTOBIOGRAFÍA

Capítulo I
SU INFANCIA, SUS DONES EXTRAORDINARIOS

INTRODUCCIÓN
Conforme al plan con que ha sido concebida esta obra,
publicamos las palabras de la venerable sierva de Dios, Ana Cata-
lina Emmerick, copiadas principalmente por Clemente Brentano.

Comenzamos con la declaración hecha por Ana Catalina al
revelar las razones por las cuales el Señor le concede estas vi-
siones: le son dadas para ser consignadas y publicadas, a fin de
que se descubran muchas cosas ignoradas, para mayor gloria
de Dios y edificación de los fieles.
Ana Catalina cuenta su bautismo, celebrado el mismo día
de su nacimiento, por gracia especial coincidente con la nativi-
dad de la Virgen Santísima. Relata diversos cuadros de su in-
fancia, con sencillez y lucidez encantadoras; todo lo que veía y
hacía; cómo se le manifestaba el don de las visiones extáticas;
los casos de bilocación y otras gracias extraordinarias recibidas
de modo sobrenatural.

1. El Señor le manda comunicar sus visiones.
El 1º de enero de 1821, dijo la venerable sierva de Dios,
Sor Ana Catalina Emmerick:
Ayer he pedido fervorosamente a Dios que dejase de con-
cederme estas visiones, para verme libre de la responsabilidad
de referirlas. Pero el Señor no quiso escucharme; antes bien,
he entendido, igual que otras veces, que debo referir todo lo
que veo, aunque se burlen de mí y no comprenda yo ahora el
provecho que resulte de esto. También he sabido que nadie ha
visto nunca estas cosas en el grado y medida en que yo las veo,
y he entendido que no son cosas mías, sino de la Iglesia.
“Yo te doy esta visión, me dijo el Señor, no para tí, sino
para que sea consignada: debes, pues, comunicarla. Ahora no es
tiempo de obrar maravillas exteriores. Te doy estas visiones y
te las he dado siempre, para mostrar que estoy con mi Iglesia
hasta la consumación de los siglos. Pero las visiones, por sí
solas, a nadie hacen bienaventurado: has de ejercitar, pues, la
caridad, la paciencia y todas las virtudes».
Las admirables visiones sobre el Antiguo Testamento y
las numerosas visiones sobre la vida de los santos, me fueron
comunicadas por la bondad de Dios, no sólo para mi instrucción,
sino para que las publicara, e hiciera conocer tantas cosas es-
condidas e ignoradas. Muchas veces me fue inculcado este
mandato.
Hace mucho que yo hube de haber muerto. He conocido
en una visión que hace tiempo yo hubiera muerto, si no fuera
porque debía hacer conocer estas cosas por medio del Peregri-
no (*). Él debe escribirlo todo. A mí me corresponde única-
mente comunicar mis visiones.
Cuando el Peregrino lo haya ordenado todo y todo esté
terminado, morirá él también.

(*) Así llama al escritor y poeta Clemente Brentano, a quien había visto
ya anteriormente en visión, destinado por Dios para recoger sus revelaciones.

2. Habla del carácter de sus propias visiones.
He visto infinitas cosas que no se pueden expresar con pa-
labras. ¿Y quién puede expresar con palabras cosas que se ven,
no con los ojos, sino de otro modo? Yo no veo las cosas con los
ojos, sino más bien me parece que las viese con el corazón, aquí
en medio del pecho. Esto me ocasiona, también en este
lugar, como una efusión de sudor. Veo al mismo tiempo con los
ojos los objetos y las personas que me rodean, pero no atiendo a
ellas; no sé lo que son ni quienes son. También ahora, mientras
hablo, soy vidente.

Desde algunos días estoy continuamente entre una visión
sensible y otra sobrenatural. Tengo que hacerme mucha violencia
porque en medio de la conversación con otros, veo delante de
mí, al mismo tiempo, diversas cosas y toda clase de imágenes y
oigo mi propia palabra y la de los demás, como si viniese ronca
y tosca de un recipiente vacio. Me encuentro además como em-
briagada y a punto de caer. Mis palabras de respuesta a las
personas que me hablan salen tranquilas de mis labios y a veces
mas vivaces que de costumbre, sin que yo sepa después lo que
he hablado momentos antes; no obstante, hablo ordenadamente
y con pleno sentido. Siento una gran pena al verme en este
doble estado. Con los ojos veo cuanto me rodea de un modo in-
cierto y velado, como vería uno las cosas cuando está por dor-
mirse y empezara a soñar.
La segunda facultad de ver, la sobrenatural, me quiere
arrebatar con fuerza y es mucho más luminosa y clara que Ia
vista natural de los ojos; no obra esta manera de ver por medio
de los ojos corporales. Estoy durante todo un día entre el volar
lejano y el ver. A veces veo al Peregrino y a veces no lo veo, y
esto me pasa continuamente. ¿No siente él cómo cantan ahora?
Me parece encontrarme sobre una amena pradera y como si
sobre mi los árboles se entrelazasen y formasen arco. Siento can-
tar con tan maravillosa dulzura como si procediese de suaves
voces de niños.
Lo próximo y el contorno de las cosas, me parecen como
un sueño; todo lo veo turbio, impenetrable y desconectado, se-
mejante a un confuso sueño, a través del cual veo un mundo
luminoso, sucesivamente comprensible, y hasta en su íntimo
origen y concatenación con todas sus manifestaciones inteligi-
bles. En el seno de esta vista, cuanto hay de bueno y de santo
deleita más profundamente, porque se reconoce su derivación
de Dios y su retorno a Dios. En cambio, cuanto hay de malo y
de impío perturba profundamente, porque se reconoce el camino
que trae desde el diablo y lleva a él, siempre contrario a Dios
y a su criatura. La vida en este mundo sobrenatural, donde no
existe impedimento alguno, ni tiempo, ni espacio, ni cuerpo, ni
secretos, donde todo habla y resplandece, es tan perfecta y libre,
que en su comparación la ciega, torcida, balbuciente vida real y
actual parece un sueño vacío.
Durante estas vìgilias veo siempre resplandecientes las re-
liquias que tengo conmigo, y a veces veo como escuadrones de
pequeñas y lejanas figuras humanas, en medio de nubecillas,
que están sobre mi, en dirección de las reliquias. Cuando me
recojo en mí misma, aquellas imágenes se aproximan nueva-
mente a las pequeñas arcas y relicarios donde reposan los huesos
luminosos.
He tenido una bellísima enseñanza de cómo la vista, por
medio de los ojos, no es verdadera vista, sino que hay otra mi-
rada interna. Esta última es muy clara y luminosa. Cuando
debo permanecer mucho tiempo privada de la comunión coti-
diana y no puedo rezar con ardor y decaigo en el recogimiento
de la piedad, entonces una nube espesa se extiende sobre mi clara
vista interna. Entonces olvido cosas importantes, avisos o exhorta-
ciones y veo y experimento la opresión aniquilante del externo
y falso modo de que son las cosas. Tengo un hambre del Santísi-
mo Sacramento que me roe y me atormenta, y muchas veces
cuando miro hacia una iglesia, el corazón parece que se me qui-
siera salir del pecho y volar hacia el Salvador.

3. Ve su don de visión en forma de rostro.
Cuando vi que nació tanto malhumor porque, según orden de
mi guía celeste, no dí consentimiento para ser trasladada a otra
habitación, supliqué al Señor se dignase dirigirme. Había surgido
mucho descontento; sin embargo, yo veía tantos cuadros e imá-
genes santas, y no podía por lo demás hacer cosa alguna.
Después de esta oración me tranquilicé y vi como un rostro
que se aproximaba a mi y penetraba en mi pecho y pareció como
si dentro de mi se deshiciese (*). Me pareció que mi alma, al uni-
ficarse con aquel rostro, se retrajese en sí misma y se hiciese siem-
pre más pequeña, mientras mi cuerpo se me aparecía como un ser
grosero y pesado, grande como una casa. El rostro, que me pare-
ció triple, era infinitamente rico y multiforme y no obstante era
uno y único. Se dilataba en sus rayos y en sus miradas en todos
los coros separados de los ángeles y de los santos. Recibí conso-
lación y gozo y pensé: “¿Podría esto provenir del espiritu malig-
no?» Mientras así pensaba todas esas imágenes claras y distintas
me atravesaron otra vez el alma, como una serie de luminosas
nubecillas y sentí que estaban fuera de mí, a mi lado, en un
circulo luminoso. Sentí entonces de nuevo haber crecido y mi
cuerpo no me parecía ya tan grosero ni macizo. Entonces había
fuera de mi y en torno mío como un mundo en el cual yo podía
mirar adentro por medio de una abertura luminosa. Y se me
acercó una virgen, que me explicó ese mundo de luz y me dijo
que mirase unas veces en un punto y otras veces en otro. Aña-
dió que pertenecía a la viña de aquel santo Obispo en la cual yo
debía por entonces trabajar.

4. Ve otro mundo de impiedad.
(11 de agosto de 1821)
He visto también a mi izquierda un segundo mundo lleno
de deformes y torcidas figuras, de cuadros de perversidad, de
calumnias, de sarcasmo y de burla. Todo este mundo avanzaba
como un enjambre cuya punta se dirigía hacia mi.
De todo el circulo que avanzaba no pude reconocer nada de
bueno ni recibirlo, puesto que lo justo y lo bueno se hallaba sólo
en el círculo puro y luminoso que estaba a mi derecha. Entre
estos dos círculos, yo, pobre y abandonada, estaba suspendida
de un brazo como entre cielo y tierra, y permanecí mucho tiem-
po entre graves dolores; a pesar de ello, no perdí la paciencia.
Al fin, saliendo de aquel círculo luminoso se aproximó nue-
vamente Santa Susana (era el día de la Santa) juntamente con
Liborio,  en cuya viña debía yo trabajar. Me pareció que me
libraban y fui llevada de nuevo a la viña que se había puesto
silvestre y llena de pujantes y superfluas ramas y hojas. Tuve
que limpiar aquellas vides de las ramas silvestres y demasiadas
hojas para que el sol pudiese calentar los brotes. Con gran tra-
bajo recompuse y cerré una abertura del parral. Eché las hojas
juntamente con los racimos podridos en un montón; otros man-
chados los tuve que limpiar con un pañito y como no tenía a la
mano otra cosa, tomé mi pañuelo de la cabeza. Por todo esto me
sentí tan cansada que a la mañana me encontré en mi lecho,
llena de dolores, como si hubiese sido destrozada en una rueda:
no sentía en mi hueso alguno sano. Los brazos todavía me
duelen.

5.Visiones de su bautismo.
(8 de septiembre de 1821)
Hoy, día de mi aniversario, he visto en éxtasis mi nacimiento
y mi bautismo. Estaba yo presente con un sentimiento singular.
Me sentía como un niño recién nacido en brazos de las mujeres
que me llevaban a Coesfeld para ser bautizada. Me causaba ver-
güenza verme tan pequeña y tan necesitada de ayuda, a pesar
de ser ya vieja; pues, todo lo que sentía entonces, como niña re-
cién nacida, lo veía y lo conocía de nuevo en esta hora, mezclado
con las impresiones presentes. Entonces era yo débil y no podía
valerme. Las tres mujeres ancianas que me llevaban a la iglesia,
me eran antipáticas, y también la partera; pero mi madre, no;
yo tomaba su pecho. Veía todo lo que me rodeaba: la antigua
granja donde vivíamos y todo lo que allí había, tal como después
no lo he vuelto a ver, porque muchas cosas han cambiado.
Veía con claridad el camino que conduce desde nuestra ca-
baña de Flamske hasta la parroquia de Santiago de Coesfeld, y
sentía y conocía lo que pasaba a mi alrededor. Vi todas las san-
tas ceremonias de mi bautismo, y mis ojos y mi corazón se
abrieron de un modo maravilloso. Vi que cuando fuí bautizada
estaban allí presentes el Angel de mi Guarda y mis santas pa-
tronas Santa Ana y Santa Catalina. Vi a la Madre de Dios con
el Niño Jesús y fui desposada con Él mediante la entrega de
un anillo.
Entendía yo todas las cosas santas y benditas y todo lo que
se refiere a la Iglesia, tan claramente, como después no he
vuelto a entenderlo. Veía imágenes admirables de la iglesia.
Sentí la presencia de Dios en el Santísimo Sacramento. Vi brillar
en la iglesia los huesos de los santos, que resplandecían sobre
ellos.
Vi a todos mis predecesores, hasta el primero que de ellos
fue bautizado y conocí, en una larga serie de símbolos, todos
los peligros de mi vida futura. En medio de todo esto sentía la
impresión singular que me causaban mis padrinos y parientes
que estaban allí y las tres mujeres que me eran siempre anti-
páticas. Vi a mis antepasados en una serie de imágenes que se
extendía por muchas comarcas, hasta el primero, que fue bauti-
zado en el siglo séptimo u octavo y que edificó una iglesia. Entre
ellos había varias monjas, de las que dos fueron estigmatizadas,
pero no conocidas, y un solitario, que había sido hombre im-
portante, había tenido hijos y finalmente se había retirado del
mundo y vivido santamente.
Cuando al volver a casa desde la iglesia pasé por el cemen-
terio, experimenté un vivo sentimiento del estado de las almas
cuyos cuerpos reposan allí, esperando la resurrección. Entre ellos
observé con respeto algunos cuerpos que brillaban y resplande-
cían magníficamente.

6. El Señor le muestra las bellezas creadas.
Siendo todavía niña estaba yo una noche arrodillada en la
nieve del campo y le decía al Señor, alegrándome de ver las
hermosas estrellas: “Tú eres mi Padre, y ya que tienes en tu
casa cosas tan hermosas, debes enseñármelas”. Él me mostraba
todas las cosas; me tomaba de la mano y me conducía por to-
das partes. Era muy natural; yo lo contemplaba todo con ale-
gría y no miraba ninguna otra cosa.

7. Cuando tenía uno y tres años.
Mi padre se preocupaba mucho por mí. Me enseñó a rezar
y a hacerme la señal de la cruz. Me tenía sobre sus rodillas,
encerraba mis manecitas en su puño y me enseñaba a hacer la
pequeña señal de la cruz con el pulgar. Luego abría su mano y
me guiaba para hacer la señal de la cruz mayor. Cuando llegué
a rezar hasta la mitad del Padrenuestro, o quizás menos de la
mitad, yo lo recitaba tantas veces hasta que me parecía que
formaba el tiempo de un Padrenuestro entero.
Me refiero ahora al primer año de mi vida. Siendo de un
año de edad, caí al suelo. Mi madre había ido a la iglesia de
Koesfeld, pero parecía que tuviera un presentimiento de que
algo me había acontecido puesto que en grande ansia volvió a
casa. Por mucho tiempo no pude caminar; recién al tercer año
de mi vida curé enteramente de mi mal; el muslo me fue esti-
rado bien, pero ligado tan estrechamente con fajas, que perma-
neció delgado.
A los tres años solía exclamar con todo mi corazón: “¡Oh
Señor y Dios mío, haz que yo muera; porque los que crecen y
se hacen grandes, te ofenden con muchos pecados».
Cuando salía de casa me decía; “¡Oh, si cayeses tú muerta
aquí, delante de esta puerta, no ofenderías más a Dios!”

8. Dolor y compasión por el prójimo.
Cuando me sentaba a la mesa para comer, dejaba lo que
más me gustaba o alguna parte, y decía: “Esto te lo doy a Ti,
Señor, con todo mi corazón, para que Tú lo des a aquellos
pobres que más lo necesitan».
Cuando veía algún niño enfermo, decía: “Si un pobre no
pide y no suplica, no recibe limosna. Así Tú, Señor, no ayudas
a los que no quieren rezar y sufrir. Mira, Señor, yo clamo y
ruego por aquéllos que no lo hacen por si mismos».

Cuando más tarde preguntaban a Ana Catalina quién le
había enseñado estas oraciones, contestó:
No sabría decir quién me las enseñó: el germen de todo esto
está en la compasión. He sentido siempre, íntimamente, que
todos nosotros formamos un solo cuerpo en nuestro Señor Je-
sucristo: el mal del prójimo me duele de tal modo como si su-
cediera con el dedo de mi mano.
Desde mi infancia siempre he rogado para que las dolencias
ajenas viniesen sobre mí. Haciendo esto yo pensaba que Dios
no manda ningún sufrimiento sin tener una especial razón y
que con ese sufrimiento se debe descontar algo. El porqué
sucede que a veces un mal oprime poderosamente a alguno,
yo pensaba que era porque ninguno quiere tomar sobre sus
espaldas el mal de otro. Por esto yo rogaba al Señor que se
dignase dejarme descontar y expiar por mi prójimo y suplicaba
al Niño Jesús que me ayudase; muchas veces tenía por esto
mismo bastantes dolores.

9. El Niño Jesús le enseña diversos trabajos
Cuando yo era niña, el Niño Jesús trabajaba conmigo.
Recuerdo que desde los seis años yo hacía lo que hago ahora
(confeccionaba ropa para los pobres). Sabía que tendría un
hermanito; cómo lo supe no lo podría decir. Quería entonces
darle a mi madre algunas cosas para el niño recién nacido,
pero no sabía aún coser. El Niño Jesús vino a mi y me enseñó
y me ayudó a hacer un gorrito y otras prendas para niño. Mi
madre se admiró mucho de cómo yo hubiese podido hacer estos
trabajos. Recibió lo que le ofrecí y se sirvió de esas prendas.
Cuando comencé a guardar las vacas, vino un Niñito hacia
mi e hizo que las vacas se guardasen ellas mismas. Nosotros ha-
blábamos juntos de cosas buenas, cómo queríamos servir a Dios
y amar al Niño Jesús, y cómo Dios lo ve todo. Yo me encon-
traba a menudo con ese Niñito y nos entendíamos perfectamente.
Se cosía, se hacían gorritas y medias para los niños pobres. Yo
me encontraba capaz de hacer todos los trabajos que quería y
además tenía todo lo que necesitaba para esos trabajos. A veces
venían también algunas monjas a unirse con nosotros y siempre
eran del convento de las Anunciatas. Lo más admirable en esto
era que yo disponía y creía hacerlo por mi misma, cuando en
realidad era aquel Niñito quien lo hacía todo.
“Nosotros queremos, decía yo a mis compañeritos, repre-
sentar el cielo sobre la tierra; queremos hacerlo todo en el nom-
bre de Jesús y pensar siempre que el Niño Jesús está entre nos-
otros. No queremos hacer cosa alguna que sea mala; antes bien,
queremos impedirla en cuanto sea posible. Donde encontremos
lazos para liebres y trampas para los pájaros, preparadas por
los muchachos, las sacaremos para que no vuelvan a semejantes
pasatiempos. Queremos poco a poco empezar un mundo nuevo
para que la tierra se convierta en un paraíso».
Recordando visiones de viajes a Tierra Santa, reproducía
en la arena lugares y cosas sagradas.
Si hubiese tenido ocasión, desde niña, de relatar, sería
capaz de reproducir con mi narración la mayor parte de los
caminos y lugares de Tierra Santa, puesto que los tenía tan
vivamente siempre ante los ojos que ningún otro lugar me era
tan conocido como los de Palestina.
Cuando estaba en el campo o jugaba con otros niños en la
arena húmeda o sobre un terreno arcilloso, en seguida erguía
allí un monte Calvario, el Santo Sepulcro con su jardín, un
riachuelo con su puente y cabañas. Recuerdo que hice de barro
muchas casitas vacías cuadrangulares y las aberturas de las
puertas y ventanas con astillas. Otra vez, hasta quise hacer la
imagen del Señor, de los dos ladrones y de María Santísima al
pie de la cruz; pero me abstuve de hacerlo por parecerme una
profanación el intentarlo.
Una vez estaba con dos niños jugando en un campo. Que-
ríamos tener una cruz en la pequeña capilla que habíamos le-
vantado con arcilla, para rezar delante de ella nuestras oracio-
nes. Queríamos una cruz verdaderamente buena, y no sabiendo
cómo conseguirla, dije: “Ya sé cómo la haremos. Tenemos que
hacerla primero de madera; después la imprimiremos en la ar-
cilla. Tengo una cobertera vieja de estaño; la haremos derretir
sobre los carbones, la derramaremos como si fuera de arcilla y
obtendremos una cruz de relieve”. Corrí a casa; tomé la cober-
tera y los carbones. Mientras estábamos en la obra, sobrevino
mi madre y fui castigada.

10. San Juan Bautista niño acude a jugar con ella.
Cuando custodiaba las vacas, solía llamarlo de este modo:
“Juancito, el de la piel de camello, ven aquí conmigo”. Él venía
y se entretenía conmigo. Tuve la más clara visión de su vida
en el desierto. En conversaciones familiares era amaestrada que
imitase en todas sus acciones la inefable pureza y simplicidad
con que tanto había complacido al Señor. Yo celebraba con la
más viva realidad muchos maravillosos acontecimientos de su
sagrada infancia en la casa paterna del Bautista y en medio de
su santa parentela. Tenía de todas esas personas un sentimiento
tan vivo y real, que con admirable familiaridad me sentía mo-
vida de vivo afecto hacia esas personas y las trataba con mayor
confianza que a las de mi casa.
Siempre, desde pequeña, cada año, en todo el tiempo de
Adviento, yo acompañaba paso a paso en viaje a José y María
desde Nazaret hasta Belén, y hasta ahora todos los años lo he
hecho siempre en la misma forma. La inquietud que yo tenía
por la Virgen Santísima durante aquel viaje era tan grande y
mi compasión por todas las dificultades del camino tan afectiva
y tan viva, cual podía serlo cualquier caso real o aventura que
me sucediera en mi juventud. Antes bien, yo tomaba más parte
y me sentía más conmovida por estas cosas que por cualquier
otra que me pudiese suceder; porque para mi María era la
Madre de Dios y de mi Señor y María llevaba en su seno al
que debía ser mi salud y mi salvación.
Todo lo que se celebraba en una solemnidad de la iglesia
no era para mi solamente una conmemoración o una atenta con-
templación, sino que mi alma era introducida dentro, por de-
cirlo así, en la fiesta, de modo que la celebraba como si los
acontecimientos y los misterios se realizasen ante mis ojos: en
todo veía y sentía como si actualmente sucediese y yo estuviese
presente.
Dios, que es extremadamente bueno, debe haberse compla-
cido de mi buena voluntad infantil, porque Él, desde mi niñez
hasta ahora, en el tiempo de Adviento, me deja ver todo en la
misma forma que ha sucedido. Yo me coloco en un pequeño
rinconcito y desde allí veo todo. Cuando niña, me sentía más
libre y confiada con todos. Cuando monja, fui más reservada
y más tímida. Cuando se lo pedía con íntimo ardor a la Virgen,
ella a menudo ponía al Niño Jesús en mis brazos.

11. Espera ver a Adán y a Eva en la iglesia.
Recuerdo que siendo de cuatro años mis padres me lleva-
ron a la iglesia. Yo tenía la persuasión de que allí vería a Dios
y encontraría a los hombres muy distintos de lo que eran; creía
que serían luminosos y bellos como había visto a Adán y Eva.
Cuando entré, miré por todas partes y no vi nada de lo que
me había imaginado. Yo creía que el sacerdote en el altar fuese
el mismo Dios. Buscaba a María y creía que todo lo que había
visto estaría allí dentro; tal era mi deseo más ardiente. Pero no
hallé allí lo que pensaba encontrar. Más tarde tuve estos pen-
samientos y miraba a algunas mujercitas buenas que llevaban
pañuelos en la cabeza y estaban muy compuestas: pensaba que
ellas podrían ser las personas que yo buscaba; pero no lo eran.
Pensaba que María debía llevar un manto azul celeste, un velo
blanco y un vestido sencillo y blanco.
Cuando más tarde tuve la visión del Paraiso terrenal, bus-
caba en la iglesia a Adán y a Eva, tan bellos como eran antes
de la caída. Después pensé: “Cuando te hayas confesado, en-
tonces los encontrarás». No los encontré tampoco entonces. Fí-
nalmente ví en la iglesia a una familia de antigua nobleza, muy
piadosa; las hijas estaban vestidas de blanco. Entonces pensé
que éstas se asemejaban algo a lo que buscaba y tuve para con
ellas grande veneración; pero tampoco eran ellas lo que yo
quería. Tenía la sensación de que todo lo que ahora veía era
feo e impuro. Estaba tan penetrada de estos pensamientos que
muchas veces me olvidaba de comer y de beber, y mis padres
decían: “¿Qué tiene esta niña? ¿Que le ha sucedido a nuestra
Catalinita?”
Muchas veces, cuando yo era niña, disputaba con la mayor
confianza con Dios y le decía por qué había hecho tal cosa así
o aquella otra. .. No podía concebir cómo Dios hubiese dejado
nacer el pecado, desde que Él lo tiene todo en sus manos. Sobre
todo, la eternidad de las penas infernales me parecía dura sobre
todo posible entendimiento. Entonces me sobrevinieron visiones
que me instruyeron de tal manera y me amonestaron, que bien
pronto estuve convencida de cuán infinitamente justo y amo-
roso era Dios y también estuve convencida de que si me hubiese
sido posible hacer por mi misma alguna cosa, lo hubiese hecho
indeciblemente mal en todos los casos.

12. Cómo rezaba con su hermano.
Cuando era muy pequeña, mi hermano mayor dormía en la
misma pieza. Era piadoso y muy a menudo rezábamos junto a
nuestros lechos, por la noche, con los brazos abiertos. Yo veía
frecuentemente a la cámara iluminarse. Cuando había rezado
largo tiempo, me sentía como levantada en alto y una voz me
decía: “Vete a tu lecho”. Mi hermano a veces se asustaba, pero
yo continuaba rezando mucho tiempo. También mi hermano era
molestado frecuentemente y asustado por el enemigo infernal.
Una vez mis padres lo encontraron de rodillas, con los brazos
abiertos y aterido de frío.

13. Sentimiento de repulsión ante las tumbas de paganos.
Yo sentía siempre, sin que me hubiese sido narrado antes
cosa alguna, repulsión por aquellos lugares que habían sido tum-
bas de paganos en otros tiempos. Así hay un lugar cerca de
nuestra casa, que es una llanura y montecillo de arena, donde
de mala gana guardaba las vacas en el pastoreo, porque veía
siempre salir de allí un negro y repugnante vapor, como si fue-
se ocasionado por trastos quemados, que se extendía sobre la
tierra sin poder elevarse. Observé a menudo una especial
oscuridad y vi figuras oscuras que originaban aquella negrura
y vagaban de un lado a otro, bajo tierra, y luego se desvanecían.
Pensaba entonces como una niña: “Está muy bien que tengáis
sobre la cabeza esta tierra encima, pesada y profunda; así no
podéis hacer ningún mal.»
Más tarde he visto que cuando en estos lugares se alzan
edificios, salía una especie de maldición de aquellos negros hue-
sos de los muertos, si los habitantes de esas casas no eran per-
sonas piadosas y no estuvieran por la fe ligados y hechos par-
tícipes de las bendiciones de la Iglesia, y si con este medio no
ahuyentaban el mal influjo que nacía de aquellos huesos mal-
ditos. Cuando por lo contrario querían los moradores alejar el
mal por medios no eclesiásticos o por medios supersticiosos, en-
tonces, sin sospecharlo siquiera, venían a ponerse en relación
con las potencias infernales, y el maligno espíritu adquiría aún
mayor influjo sobre ellos.
Me es sumamente difícil hacer comprender estas cosas a los
demás, porque veo todas estas cosas delante de mis ojos, pero
los otros se las deben imaginar pensando y reflexionando. Me
parece también más difícil comprender cómo para tantos todo
se confunde y se hace indiferente, lo sagrado y lo no sagrado,
el creyente y el incrédulo, lo redimido y lo no redimido, y cómo
todos ellos no ven en las cosas sino la apariencia externa, es
decir, el color, si se puede comer o no comer, sacar ganancia o
no, o cosas semejantes. Yo veo y siento todas estas cosas de
muy distinta manera. Todo lo santo y bendecido lo veo lumi-
noso, multiplicándose, reflejando luz y difundiendo salud y ayu-
da; al contrario, todo lo profano, todo lo maldecido, lo veo siem-
pre oscuro, difundiendo tinieblas y ocasionando perdición. Veo
la luz y las tinieblas saliendo, según su naturaleza, del bien o
del mal, obrar con mucha vivacidad en sentido de luz o de ti-
nieblas. Es en esta forma como todo me es mostrado.

14. La dirección que da Dios a los hombres.
No puedo decir de qué modo las visiones en estos cuadros
se juntaban, según su significación, con mis ocupaciones exter-
nas. pero es cierto que yo hacia una cosa o evitaba otra sin
descuidar nada de lo que me era impuesto y debía hacer en la
vida externa. Esto lo he entendido muy distintamente, aunque
yo no tenía a nadie que pudiese comprender mis declaraciones a
este propósito. Pienso que esto mismo sucede a toda persona
que desde la juventud trabaja con celo para llegar a su fin, que
es la felicidad eterna. Esta dirección que Dios le concede es
para esa persona invisible. Otros, en cambio, que son ilumina-
dos de lo alto, pueden ver esta dirección durante todo su curso,
como yo misma la he visto en mi misma y en otras personas.
También aquella persona que no descubre esa dirección obrará
según ella y recogerá todas las bendiciones, siempre que siga los
impulsos, insinuaciones y amonestaciones que Dios le hace lle-
gar por medio del Angel Custodio o de la plegaria, del confesor,
de los superiores, del sacerdocio, de la Iglesia o por medio de
los acontecimientos y de las disposiciones diarias.
La vida ordinaria, donde quiera que yo mirase, no hacía
más que mostrarme la imposibilidad de que yo pudiese entrar
en un convento; las visiones, en cambio, siempre, y con seguri-
dad, me conducían, y yo recibía un interno convencimiento de
que Dios lo puede todo y que El me conduciría hasta la meta.
Esto me daba firme confianza.

15. Su manera de vestir y de adornarse.
Preguntado por el Padre Overberg acerca de su modo de
vestir, Ana Catalina respondió:
Yo era siempre muy ordenada y limpia en el vestir, no por
causa de los hombres, sino por respeto y consideración a Dios.
Mi madre a menudo no me vestía siempre como yo deseaba;
entonces me iba a mirar en el agua o en el espejo y volvía a
ordenar mi vestimenta. El vestirse con orden y limpieza hace
bien al alma. Cuando en las oscuras mañanas del invierno iba
a tomar la santa Comunión, me vestía con tanto cuidado como
en los días serenos, porque esto lo hacía para honrar a Dios y
de ninguna manera por el mundo.

16. El “Via crucis» de Koesíeld.
Una vez fui con una amiga, a las tres de la mañana, a reco-
rrer el Vía crucis de Koesfeld. Teníamos que pasar los muros
ruinosos de la ciudad. Cuando al volver rezábamos delante de
la iglesia, vi la cruz, con todos sus ex-votos y dones que pen-
dían de ella, salir de la iglesia y venir hacia nosotras. La he
visto clara y distintamente. Mi compañera no la vió, pero oyó
el rumor de todas aquellas cosas que pendían de la cruz. Mu-
chas veces solía ponerme detrás del altar mayor y rezar delante
de la cruz milagrosa; allí me sucedió a menudo que el Salvador
crucificado se inclinaba hacia mí. Yo experimentaba entonces
una sensación maravillosamente extraña.

17. Compasión por los enfermos y los pecadores.
Desde niña oraba yo menos por mí misma que por los de-
más para que no cometieran pecado y no se perdiera ningún
alma. Todo se lo pedía a Dios y cuanto más Dios me concedía,
más le pedía y nunca me cansaba de pedirle. Era yo muy atre-
vida en su presencia, pues estaba persuadida de que siendo
Señor de todas las cosas, mira con buenos ojos que le pidamos
con recta intención.
Siendo niña, todavía muy pequeña, tenía que vendar las
heridas a los vecinos, porque yo lo hacía más suavemente y con
más cuidado. Cuando veía alguna llaga, decía para mí: “Si la
oprimo, dolerá mucho; pero debe salir». Y tuve la idea de chupar
las llagas, y se curaban. Nadie me ha enseñado esto; me lo su-
girió el deseo que tenía de que se curasen. En el primer momento
sentía asco; pero este mismo asco me movió a vencerlo, porque
es falsa compasión. Cuando vencía pronto el asco, experimentaba
viva alegría; acordábame entonces de Nuestro Señor Jesucristo,
que así obró por la salud de todos.
El médico del monasterio, que era un tanto recio de carác-
ter, había increpado duramente a una pobre señora que tenía
un dedo inflamado, muy maltrecho y aún el brazo ya negro por
haber descuidado el mal de su dedo. Le había dicho hasta que
debía cortarle ese dedo. Muy espantada vino la pobre señora
a lamentarse conmigo y a contarme el caso, implorando ayuda.
Rogué por ella y al momento me vino al pensamiento el modo
de curarla. Se lo conté a la Reverenda Madre y ella me per-
mitió curar el dedo de esa señora en la estancia del abate Lam-
bert. Tomé de la planta savia, mirra y yerba Santa María (bal-
samita suaveolens) y las hice cocer en agua con un poco de vino;
luego añadí agua bendita e hice un emplasto en torno del brazo
de la enferma. Dios debe habérmelo inspirado, porque al día
siguiente el brazo estaba deshinchado, y el dedo, que estaba
aún muy malo, lo hice meter en una lejía caliente con óleo; poco
después se abrió y extraje de él una gruesa espina. Muy pronto
aquella mujer se encontró perfectamente sana.
Yo no puedo tener compasión por una persona que sufre
pacientemente, como por un niño que padece con paciencia, por-
que el padecer con paciencia es el estado más increíble para
este cuerpo revestido de pecados. Raras veces nuestra compa-
sión es del todo pura: muchas veces se mezcla repugnancia
propia hacia el dolor y un cierto afeminado temor de la turba-
ción que sentimos en nuestro bienestar al ver los padecimien-
tos ajenos. La sola compasión pura fue la de Nuestro Señor
hacia los hombres: ninguna compasión humana puede ser pura,
si no está en estrecha unión con la compasión del Señor. Tengo
sólo compasión hacia los pecadores, hacia los ciegos de espíritu,
hacia los entregados a la desesperación. Y ¡ay! hacia mi mis-
ma tengo con frecuencia demasiada compasión.
Una campesina estaba sujeta a graves penas y a peligro
de muerte en cada parto. Ella me quería mucho y se desaho-
gaba con frecuencia conmigo a causa de sus miserias, y yo ro-
gaba de corazón por ella. Mientras yo estaba en oración, recibí
un trozo de pergamino en el cual había algo escrito. Tuve tam-
bién el aviso de que esa pobre mujer llevase sobre el cuerpo
aquel fragmento de pergamino. Ella lo usó como yo le había
indicado y desde entonces tuvo partos felices. Cuando años más
tarde murió, según la costumbre de nuestros países, llevó con-
sigo a la tumba aquel pergamino.

18. Pide al Señor un director espiritual.
Yo clamaba a menudo al Señor que se dignase mandarme
un sacerdote con el cual pudiera abrir enteramente mi corazón.
No pocas veces me encontraba en la mayor angustia, temiendo
que cuanto pasaba por mi fuera obra del maligno. Caí en las
dudas y por temor de ilusiones rechazaba todo lo que tenía ante
los ojos, lo que sufría, todo aquello de que vivía y que, por otra
parte, me servía de consolación y fuerza. Es verdad que el
abate Lambert trataba de tranquilizarme; pero como yo me
encontraba fuera de toda posibilidad de mostrarle con claridad
los acontecimientos de mi modo de vivir, y él conocía poco el
alemán, mis angustias se repetían frecuentemente.
Todo lo que me sucedía y me era confiado a mi, pobre cam-
pesina ignorante, me era incomprensible, aunque, por haberlo
recibido desde la infancia, no debía parecerme extraño ni ma-
ravillarme. Durante los últimos cuatro años de claustro yo vivía
en una visión continua y me sucedían de continuo cosas seme-
jantes. Viviendo en este estado, no podía comunicarlas a otras
personas, las cuales, no habiendo probado ni imaginado cosas
semejantes, las tenían sencillamente por imposibles. En este
interno abandono en que me encontraba, rogué al Señor una
vez en la iglesia solitaria, y he aquí que entendí clara y distin-
tamente estas palabras, que me llenaron de profunda emoción:
“¿No soy Yo, acaso, suficiente para ti?”

19. Da cuenta del carácter de sus éxtasis.
Cuando se me hizo imposible esconder mis sufrimientos y
caía en éxtasis delante de las demás hermanas, me encontré una
vez en el coro y sin participar en el canto común, me puse como
rígida y petrificada, de modo que caí al suelo. Las hermanas
acudieron y me transportaron, mientras yo veía una monja va-
gar por los techos de la iglesia hasta el más alto caballete donde
no era posible llegar. Después me fue dicho que esa monja era
Santa Magdalena de Pani, que en vida tenía los estigmas del
Señor. Otra vez la vi correr por la cornisa del coro; otra, subir
sobre el altar y aferrar la mano del sacerdote. De todas estas
manifestaciones peligrosas fui enseñada sobre mi propio estado
y me puse atenta para no caer en estas mismas cosas cuanto
fuera posible. Al principio mis hermanas, que nada compren-
dían de esto, me reprochaban que yo me echase a veces en la
iglesia de boca al suelo con los brazos abiertos.
Esto me pasaba sin que yo lo pudiese impedir. Por eso yo
buscaba siempre lugares escondidos donde no pudiese ser fácil-
mente observada. Pero unas veces en un lugar, otras veces en
otro, yo era arrebatada en éxtasis. quedaba inmóvil y postrada
en el suelo o de rodillas, con los brazos abiertos, y en tal posi-
ción me encontraba el sacerdote del monasterio.
Tenía muchos deseos de ver a Santa Teresa, porque había
oído decir que ella había sufrido muchas angustias por causa
de sus confesores. Y la he visto muchas veces débil y enferma
escribiendo sobre una mesita o postrada en su lecho. Me parece
que existe una íntima manifestación de que Magdalena de Pazzi
había sido muy acepta a Dios por causa de su ardiente amor y
simplicidad.
En mis ocupaciones de sacristana me sentía muchas veces
arrebatada de improviso y subía, caminaba y vagaba por los
lugares altos de la iglesia, sobre las ventanas, sobre los ador-
nos, sobre las comisas. A lugares donde parecía imposible llegar
humanamente, yo llegaba para limpiar y para adornar. Me sen-
tía elevada, sostenida en el aire, sin espantarme por ello, porque
desde la infancia estaba acostumbrada a probar la ayuda de mi
Angel Custodio. Muchas veces, volviendo del éxtasis, me encon-
traba sentada sobre un armario donde conservaba los objetos de
la sacristía; otras veces volvía en mi en un ángulo, detrás del
altar, donde no podía ser vista ni del que pasara delante. No
puedo pensar como podía llegar hasta allí sin desgarrarme los
vestidos, ya que era difícil el acceso. A menudo, al volver en mi
misma, me encontraba sentada sobre los caballetes principales
del techo. Esto me sucedía generalmente cuando me escondía
para llorar. He visto a Magdalena de Pazzi vagar de este modo
de un lado a otro y de modo extraño correr por los tirantes,
sobre caballetes y aún sobre los altares.
El Padre Overberg preguntó a Ana Catalina cómo distin-
guía el éxtasis de los desmayos de debilidad, y ella contestó:
En los desvanecimientos por debilidad me siento mal y su-
fro tan fuertemente en el cuerpo que me parece estar a punto
de morir. En los éxtasis no siento nada corporal: a veces estoy
alegre, a veces melancólica. Me alegro de la gran misericordia
de Dios hacia los pecadores, que Él busca para retraerlos del
mal y a los que tan amorosamente recibe.
La tristeza la siento pensando en los pecados con los cuales
es Dios tan horrendamente ofendido. A menudo, durante las
meditaciones, me parece ver el cielo y a Dios en el cielo. Cuando
me encuentro en amargura, me parece que camino por un sen-
dero tan angosto, apenas ancho como un dedo; a los dos lados
veo negros abismos, inmensamente profundos. Sobre mi cabeza
todo es bello y verde, y un niño luminoso me da la mano y me
guía por aquella vía tan estrecha. Cuando me encontraba en
medio de la angustia y la aridez, el Señor me decía: “Te basta
mi gracia.» Esto me lo decía al oído de un modo sumamente
dulce.

20. Varios casos de bilocación.
A menudo, mientras me hallaba ocupada en un trabajo o
postrada en el lecho, enferma, me encontraba al mismo tiempo
presente en espíritu en medio de mis hermanas, viendo y oyen-
do lo que ellas hacían o decían; o en la iglesia, delante del San-
tísimo, cuando en realidad no había dejado mi celda. Como su-
cedía esto, no lo puedo explicar. La primera vez que me ocu-
rrió lo tuve por sueño. Esto me sucedió al tener quince años de
edad, demorada fuera de mi casa paterna, mientras me sentía
movida a rezar mucho por una joven que necesitaba ser preser-
vada de la seducción. Una vez, en efecto, durante la noche, he
visto que esta joven era insidiada. En la angustia que sentía por
ella, corrí a su cámara, eché al servidor de la casa y encontré a
la joven, que era una criada, en el mayor espanto, el cual se
aumentó al verme entrar en su pieza. En realidad, yo no había
abandonado mi lecho, y por eso consideré el caso como un sueño.
Al día siguiente apareció aquella sirvienta muy tímida y aver-
gonzada delante de mí, sin atreverse a mirarme a la cara. Más
tarde, empero, me contó todo el caso, con las acciones de gracias
más cordiales. Me dijo que yo había echado al tentador: cómo
había yo entrado en su pieza y la había librado de la seducción.
Entonces tuve que pensar que lo sucedido había sido muy otra
cosa que un simple sueño.
En otras épocas de mi vida me sucedieron frecuentemente
casos semejantes. Cierta vez una dama extranjera, a quien ja-
más había visto con mis ojos corporales, se me acercó, y cuando
pudo hablarme a solas, prorrumpió en llanto y me contó, con
grande arrepentimiento, su culpa y su conversión. Recién en-
tonces conocí a esta dama y su historia como una de aquellas
obras de oración que me imponía Dios desde mucho tiempo
atrás.
No sólo fui mandada en espíritu a tales personas, sino algu-
nas veces corporalmente. En las construcciones anexas al con-
vento habitaban las personas seglares de servicio. Mientras me
encontraba tendida en el lecho, gravemente enferma, he visto
a dos de esas personas juntas, conversando sobre asuntos pia-
dosos en palabras, mientras en sus corazones se agitaban inten-
ciones perversas. Me levanté en visión y atravesé el convento
hasta llegar a la casa anexa para alejar a esas personas, una de
otra. Cuando me vieron, huyeron espantadas; pero me dejaron,
aún después de aquel momento, mala impresión de lo aconte-
cido. Durante el retorno, volví en mi misma, y me encontré en
mitad de la escalera del monasterio; sólo con grande fatiga, a
causa de mi debilidad, pude llegar hasta mi celda.
Sucedió también que una hermana pretendió haberme vist0
en la cocina, junto al fogón, comiendo algo sacado furtivamente
de la olla, o comiendo frutas en el jardín. La hermana corrió
como un relámpago hasta la superiora para descubrirle lo que
llamaba un engaño; pero fui encontrada en mi celda, gravemen-
te enferma. Estas cosas eran causa de que mi estado fuera des-
agradable a mis hermanas, pues no sabían qué concepto for-
marse de mí.

21. La oración y la buena voluntad de orar bien.
Me encontraba en la iglesia, precisamente en el lugar donde
me solía hincar para rezar. En torno mío todo era claro y lu-
minoso. He visto que dos mujeres hermosamente vestidas esta-
ban hincadas al pie del altar mayor, con la cara vuelta al taber-
náculo y me pareció que oraban con mucho recogimiento y pie-
dad. Mientras las miraba rezar con tanta devoción aparecieron
dos coronas de oro muy resplandecientes como pendientes de un
hilo sobre las cabezas de las dos mujeres. Me acerqué más y vi
que una de las coronas se posó sobre la cabeza de una de las
mujeres que oraban; la otra corona permaneció suspendida so-
bre la cabeza de la otra mujer. Finalmente se levantaron ambas
y yo les dije que habían orado con mucha devoción. «Sí, replicó
una, hace tiempo que no había rezado tan devotamente y con
tanto sentimiento como hoy.” La otra, empero, sobre la cual se
había posado la corona, se lamentó diciendo que hubiera que-
rido haber rezado con recogimiento y piedad, pero que se sintió
turbada por toda clase de distracciones cuando quería recogerse;
durante todo el tiempo de la oración, dijo, había tenido que lu-
char contra estas distracciones. Entonces comprendí claramente
cómo el buen Dios mira sólo al corazón de los que rezan.

22. Le es mostrada la acción del Angel Custodio.
Debiendo cruzar un puente muy estrecho, miraba con gran
temor lo profundo de las aguas que corrían debajo; pero mi An-
gel Custodio me guió felizmente a través del puente. En la
orilla había una trampa armada y en torno de ella saltaba un
ratoncillo; de pronto se sintió tentado de morder el bocado que
veía y quedó preso en la trampa. “¡Oh desventurada bestiezue-
la, dije yo, que por un bocado gustoso sacrificas la libertad y la
vida!» “He aquí, me dijo mi Angel Custodio, ¿obran los hom-
bres racionalmente cuando por un corto placer ponen en peli-
gro el alma y la salud eterna?»

23. Sufre por sus padres y los sana.
Recuerdo que mi madre estaba en cama con la cara hin-
chada, muy encendida. Yo me hallaba sola con ella y sentía
mucha pena. De rodillas en un rincón oré fervorosamente y
despues le até un paño alrededor de la cabeza y volví a rezar.
De pronto sentí un agudo dolor de muelas y se me hinchó la
cara. Cuando llegaron los demás de casa, mi madre estaba ya
restablecida. Yo mejoré después.
Algunos años después sentí dolores casi insoportables. Mis
padres se hallaban gravemente enfermos. Yo estaba junto a su
cama, de rodillas, pidiendo a Dios por ellos. Entonces vi mis
manos juntas sobre ellos: me sentia movida a ponérselas enci-
ma mientras oraba, para que sanaran.

24. Compadece a los judíos.
Mi padre me llevaba algunas veces consigo, siendo yo niña,
cuando tenía que ir a Koesfeld a comprar alguna cosa, a la
tienda de un judío. Me daba tanta lástima ver a este desdichado,
que yo lloraba con frecuencia amargamente porque los de su
raza tienen tan duro el corazón y no quieren hallar la salud.
¡Cuán dignos son de compasión! Los actuales judíos no proceden
de aquellos que antiguamente fueron santos, sino de ascendien-
tes corrompidos y farisaicos. Siempre estuve profundamente
convencida de la miseria y ceguedad de los judíos; sin embargo,
a menudo hallé que se puede hablar muy bien con ellos de Dios.
¡Pobres judios!. . . Poseyeron un dia el germen de la salud; pero
no conocieron los frutos; antes bien, los rechazaron. ¡Y ahora
ni siquiera lo buscan!.

25. Ve la muerte de Luis XVI.
Ana Catalina estuvo presente en espiritu en numerosas
ejecuciones, prestando consuelo a los moribundos. Al comemplar
al rey Luis XVI, exclamó:
Cuando vi a este rey y a otros muchos padecer la muerte
con tanta resignación, no pude menos de decir: «¡Ah! ¡qué di-
cha la suya, verse libre muy pronto de tan cruel tortura!». Pero
si refería estas cosas a mis padres, no me creían y me tenían
por loca.
Muchas veces lloraba yo y oraba de rodillas pidiendo a
Dios que se dignara salvar a aquellos e quienes veía en peligro.
He visto y experimentado que por la oración confiada se con-
juran peligros inminentes y aun remotos.

26. Recibe las participaciones de las almas.
Siendo todavía niña fui conducida por una persona, a la
cual no conocía, a un lugar que me pareció el Purgatorio. Vi
muchas almas allí que sufrían vivos dolores y que me suplica-
ban que rogara por ellas. Parecíame haber sido conducida a un
profundo abismo donde había un amplio espacio que me causó
impresión de espanto y conmoción. Vi allí a hombres muy si-
lenciosos y muy tristes, en cuyo rostro se conocía, a pesar de
todo, que en su corazón se alegraban, como si pensaran en la
misericordia de Dios. Fuego no vi ninguno; pero conocí que
aquellas pobres almas padecían interiormente grandes penas.
Cuando oraba con gran fervor por las benditas almas, oía
muchas veces voces que me decían al oído: “¡Gracias, gracias!»
Una vez había perdido, yendo a la iglesia, una pequeña medalla
que mi madre me había dado, lo cual me causó mucha pena.
Tuve por pecado no haber mirado mejor por aquel objeto y con
esto me olvidé de rezar aquella tarde por las benditas almas
que más amaban a Dios. Pero cuando fui al cobertizo por leña,
se me apareció una figura blanca, con manchas negras, que me
dijo: “¿Te olvidas de mi?» Tuve mucho miedo y al punto hice la
oración que había olvidado, La medalla la encontré al día si-
guiente bajo la nieve, cuando fui a hacer oración.
Siendo mayor iba a misa temprano a Koesfeld. Para orar
mejor por las ánimas benditas tomaba un camino solitario. S1
todavía no había amanecido, las veía de dos en dos oscilar de-
lante de mí como brillantes perlas en medio de pálida llama.
El camino se me hacía muy claro y yo me alegraba de que las
almas estuvieran en torno mío, porque las conocía y las amaba
mucho. También por la noche venían a mi y me pedían alivio.
El modo como se reciben las participaciones de los espíri-
tus, es difícil de explicar. Todo lo que se recibe es extremada-
mente breve. Entiendo más en este caso de una sola palabra
que comúnmente de treinta. Se entiende el pensamiento de aquel
que habla, pero no se ve con los ojos y todo esto es, sin embargo,
más claro y distinto de lo que puedo decir. Esto se recibe con
una sensación de gozo, como quien en un día de caluroso verano
recibiera una brisa fresca. No se puede expresar mejor con palabras.
Todo lo que aquella pobre alma me dijo era muy breve,
como sucede en todas las comunicaciones de esta índole; con
todo esto, la inteligencia de las comunicaciones de las almas del
Purgatorio es de mayor dificultad; sus voces tienen algo de so-
focado y de ronco, como si pasasen por medio de un instrumen-
to, que rompe la armonía del tono, o como si uno hablase desde
lo profundo de un pozo o del fondo de un tonel. Asimismo el
sentido de sus palabras es más difícil de entender y debo poner
más atención a estas voces que cuando me habla mi guía o el
Señor o un santo. En estos últimos casos parece que las palabras
surgiesen y penetrasen en nuestro interior como un límpido to-
rrente aéreo y en seguida se sabe y comprende cuánto dicen.
Una sola palabra expresa más el interés del alma que un dis-
curso entero que se pronuncia comúnmente hablando.

27. Ve los diversos misterios de la fe.
Teniendo yo de cinco a seis años, y considerando el primer
artículo de la fe católica: “Creo en Dios Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra», se representaba en mi alma
toda suerte de imágenes de la creación del cielo y de la tierra.
Veía la caida de los ángeles, la creación de la tierra. del paraíso
terrenal y de Adán y Eva y su pecado. Creía yo que todos veían
estas cosas lo mismo, y hablaba de ellas sin reparo a mis padres,
a mis hermanos y a otros niños. . . hasta que noté que se bur~
laban de mi y me preguntaban si tenia yo algún libro en que
estuvieran escritas. Entonces empecé a guardar silencio, cre-
yendo que no convenía hablar de ellas; pero no pensé especial-
mente sobre esto.
Estas visiones se me representaban ya de noche, ya de día,
en el campo, en casa, andando, trabajando y en cualquier otra
ocupación. Una vez, estando en la escuela, hablé inocentemente
de la resurrección de distinto modo del que nos habían ense-
ñado, con seguridad, y creyendo sinceramente que los demás
sabían lo mismo que yo, sin sospechar que el conocimiento que
yo tenía fuese un privilegio personal. Los demás niños se admi-
raron y se burlaron de mí y el maestro me amonestó severa-
mente para que no me imaginara tales cosas. Pero yo seguía
en silencio con estas visiones, como un niño que contempla una
estampa y se la explica a su manera, sin preguntar qué signi-
fica esto o aquello. Porque así como veía en las estampas de la
historia sagrada representarse el mismo objeto ya de una ma-
nera ya de otra, sin que esta diversidad causara mudanza alguna
en mi fe, así pensaba yo que las visiones que tenía, eran mi
libro de estampas y las contemplaba en paz y siempre con esta
intención: todo para mayor gloria de Dios.
Tratándose de cosas espirituales nunca he creído sino lo que
Dios ha revelado y propone a nuestra fe, mediante la Iglesia
Católica, haya sido o no escrito. Pero nunca he creído lo que he
visto en visiones con la misma fuerza que lo que propone la
Iglesia creer.
Contemplaba las visiones, así como en diferentes lugares
miraba devotamente los pesebres del Niño Jesús, considerán-
dolos piadosamente, sin sentirme turbada por la diversidad que
advertía en unos y otros: en cada uno de los pesebres adoraba
al mismo Niño Jesús. Lo mismo me sucedía en las visiones de la
creación del cielo y de la tierra.
De los Evangelios y del Antiguo Testamento nunca he rete-
nido precisamente cosa alguna, pues todo lo he visto, durante
toda mi vida, todos los años, con claridad y puntualmente, con
las mismas circunstancias, aunque a veces variando la escena.
Frecuentemente ocupaba yo el mismo lugar y posición que
los demás espectadores y estaba presente tomando parte en
los hechos y variando de lugar; pero no siempre estaba en la
misma posición, pues muchas veces me hallaba levantada so-
bre la escena y la miraba desde arriba.
Otras cosas, especialmente en lo que tenían de misterioso.
las veía yo interior e intuitivamente y algunas veces las veía en
imágenes, fuera de la respectiva escena. Siempre veía yo a tra-
vés de los objetos, de suerte que ninguno me impedía ver lo
que había detrás de él, sin confusión alguna.
Cuando era niña, antes de entrar en el convento, tenía mu-
chas visiones relativas al Antiguo Testamento; pero después se
hicieron más raras cada vez y más frecuentes las que se refe-
rían a la vida del Señor. Conozco la vida de Jesús y de María
desde su más tierna infancia; y he considerado a la Santísima
Virgen muchas veces en su niñez y lo que hacía cuando estaba
sola en su habitación y sé también los vestidos que usaba. En
tiempos de Jesucristo veía yo a los hombres mucho más malos
y depravados que ahora; pero, en cambio, había otros mucho
más piadosos y sencillos, que se diferenciaban de aquéllos como
el tigre del cordero. Ahora reina por doquiera la tibieza y la
indiferencia. Entonces la persecución de los justos consistía en
ejecuciones y suplicios; ahora en burlas. desprecios. sátiras. ten-
taciones prolongadas y esfuerzos para corromperlos. El martirio
es ahora un suplicio perpetuo.

28.Absorta en Dios.
En mi niñez yo estaba siempre absorta en Dios. Todas las
cosas las hacía con interior desasimiento de ellas y siempre es-
taba en contemplación. Aunque fuera con mis padres al campo
a trabajar, nunca permanecía en la tierra. Aqui todo era como
un sueño oscuro y confuso; pero lo otro era claridad y verdad
celestial.
Representémonos el cielo y la tierra y hagamos todas las
cosas en nombre de Jesús, acordándonos siempre que el Niño
Jesús está entre nosotros. No hagamos nunca cosa mala. Cuando
podamos impedir el mal, impidámoslo; donde veamos lazos y
piedras puestas por los muchachos para atrapar liebres y aves,
quitémoslos para que no logren su intento ruin. Demos principio
poco a poco a un mundo enteramente diferente de éste, para
que la tierra se convierta en cielo.

29. Acompaña a Jesús y a María en sus viajes.
Desde mi infancia he acompañado paso a paso, durante
todo el Adviento, a Jesús y María en su viaje desde Nazaret a
Belén y todos los años hasta ahora los he acompañado de la
misma manera. La solicitud que yo tenía cuando niña por la
Madre de Dios, durante sus viajes, era tan grande y sentía con
ella las penalidades del camino tan real y vivamente como cual-
quier otro suceso exterior que me hubiese ocurrido en mi ju-
ventud. Verdaderamente esto me llegaba hasta el alma, más
que otras cosas y en esto tomaba mucho más parte que en todo
lo que pudiera sucederme, pues María era para mi la Madre de
mi Dios y Señor y en su seno llevaba mi salud. Todo lo que se
celebra en las festividades de la Iglesia era para mí, no ya un
recuerdo o motivo de atenta consideración, sino mucho más,
pues mi alma era movida y como impulsada a celebrarlas cual
si sus misterios sucediesen y los sucesos se verificasen en mi
presencia. Yo lo veía y lo sentia todo como si realmente suce-
diera delante de mi.

30. Amante de las plantas y animales.
Nunca he podido admirarme de que Juan (el Bautista)
aprendiese tanto de las flores y de los animales en el desierto,
pues siendo yo niña, todas las hojas y florecillas eran para mi
como un libro en el cual sabía leer. Conocía la sigmficacion y
belleza de sus colores y sus formas; pero si hubiese hablado de
esto se habrían reido de mí. Cuando salía al campo, solía con-
versar con todas las criaturas, pues Dios me había dado conoci-
miento de todo esto y yo me elevaba a la vista de las flores y
de los animalillos. ¡Qué suave era todo eso!
Aun era yo muy joven cuando me dió una fiebre, mas no
guardaba cama. Mis padres creían que yo moriría pronto. En-
tonces se llegó a mí un hermoso niño y me mostró unas hierbas
que yo debía elegir y comer para ponerme buena. Todavía co-
nozco estas plantas. Entre ellas había enredaderas. Comí de las
hierbas y, sentándome, chupé del jugo de las campanillas de las
enredaderas, y luego me sané. La planta de la manzanilla me
gustaba de un modo especial. No sé qué de suave y misterioso
tiene para mi este nombre. La buscaba siendo todavía muy niña
y la tenia preparada para los pobres enfermos que me buscaban
y me mostraban sus llagas o alguna herida, preguntándome qué
me parecía. Entonces se me ocurrían multitud de inocentes re-
medios, con los cuales recobraban la salud.

31. El sonido de las campanas y su eficacia.
Cuando era niña percibía yo, como si fueran rayos de ben-
dición, los sonidos de las campanas benditas, las cuales tan pron-
to como eran tañidas, quitaban el mal causado por el enemigo
del género humano. Creo ciertamente que las campanas benditas
ahuyentan a Satanás. Cuando en mi juventud oraba yo en el
campo durante la noche, veía a los demonios muchas veces en
torno de mí; pero tan pronto como las campanas de Koesfeld
tocaban a maitines, advertia que huían. Siempre creí que mien-
tras la lengua de los sacerdotes resonara tan lejos. como en los
primeros tiempos de la Iglesia, no habría necesidad de las cam-
panas; pero ahora es necesario que llamen las lenguas de bronce.
Todas las cosas deben servir a Dios nuestro Señor. contribuyen-
do a la salud y asegurándola contra el enemigo de las almas.
Jesús ha otorgado su bendición a los sacerdotes para que
esta bendición llegue a todas las cosas, penetrando y obrando en
ellas de cerca y de lejos para su servicio. Allí donde el espíritu
se ha apartado de los sacerdotes y las campanas son las únicas
que derraman bendiciones y ahuyentan a las potestades infer-
nales, sucede como en el árbol cuya copa florece: que recibe
aún la savia por la corteza, a pesar de que el interior esta
muerto.
El sonido de las campanas benditas es para mi el más san-
to, más alegre, más vigoroso y suave que todos los demás soni-
dos, los cuales me parecen turbios y confusos en comparación
con aquél. Ni siquiera el sonido del órgano de la iglesia puede
compararse con el de las campanas benditas.
Nunca he conocido diferencia alguna en el lenguaje de las
ceremonias sagradas, porque siempre he entendido no sólo las
palabras sino la cosas mismas. Cuando niña, el Evangelio de
San Juan era para mí como luz y fortaleza, como bandera. En
todas las necesidades y peligros decía yo con firme confianza:
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Nunca pude
comprender, aunque después lo oí de labios de sacerdotes, que
esto no pueda entenderse.

32. Lugares infestados por demonios.
No lejos de nuestra casa hay un lugar completamente es-
téril en medio de otras tierras que producen frutos. Cuando
siendo niña pasaba por aquel lugar, siempre sentía espanto y
me parecía que era lanzada de allí; varias veces caí al suelo
sin saber como había sucedido. Veía como dos sombras negras
que andaban vagando y que los caballos solían espantarse cuan-
do se acercaban. Habiendo experimentado muchas veces cuan
temeroso era aquel lugar, pregunté la causa y me respondieron
las gentes que habían visto allí cosas extrañas. Esto no era con-
forme a la verdad. Más tarde me dijo mi padre que durante la
guerra de los siete años había sido fusilado alli un soldado de
Hanóver, que era inocente, el cual había padecido por culpa de
otros dos. Cuando oí esto, ya había yo recibido la primera co-
munión.
Durante la noche hice oración con los brazos en cruz en el
referido sitio. La primera vez esto me costó gran violencia; la
segunda, vino una figura como la de un perro que puso su cabeza
sobre mi espalda. Yo le miré y vi sus ojos encendidos y su ho-
cico. Temí, pero no me desconcerté, sino que dije: “¡Oh, Señor,
Tú que hiciste oración en el Huerto de los Olivos en medio de
las mayores angustias, Tú estás conmigo. El demonio nada pue-
de contra mí”. Comencé, pues, a orar de nuevo y el enemigo se
alejó.
Cuando volví a orar en aquel paraje, fui arrebatada y como
lanzada a una cueva que había allí cerca. Pero tuve firme con-
fianza en Dios y dije: “¡Nada puedes contra mí, Satanásl” y el
demonio huyó. Seguí orando fervorosamente, y desde entonces
no he vuelto a ver las sombras y todo ha quedado tranquilo.

33. Defectos naturales.
En juventud era bastante vehemente y caprichosa, por
lo cual padres me castigaban con frecuencia. El mortificar
mi propio juicio me costaba mucho trabajo. Como mis padres me
reprendían tantas veces y nunca me alababan, y, por otra parte.
yo oía a otros padres alabar a sus hijos, me tenía por la hija más
desgraciada del mundo y me entristecía pensando si acaso sería
mala en la presencia de Dios. Pero cuando veía que otros niños
disgustaban a sus padres, me afligía; mas luego cobraba ánimo
considerando que podía confiar en Dios, pues eso no era yo ca-
paz de hacerlo.

34. Los templarios.
En mi niñez, cuando veía por primera vez que los soldados
atravesaban nuestro país, creía siempre que vendrían de aque-
llos que yo había visto en espíritu. Es por eso que los buscaba
sin cesar, si no veía entre los soldados que había también religio-
sos. Llevaban vestidos blancos con varias cruces y un cinturón
del cual pendía una espada. Los vi habitar lejos, entre los turcos;
tenían prácticas secretas a la manera de los masones y, como
éstos, hicieron perecer a muchas personas. Me asombraba no
ver jamás soldados como ellos entre las tropas que pasaban; pero
después supe que no existían más, desde hacía tiempo y que
eran los caballeros templarios.

35. Las lecciones de su madre.
Las primeras lecciones de catecismo las aprendí de mi madre.
Su dicho favorito era: «Señor, hágase tu voluntad y no la mía».
y éste: «Señor, dame paciencia y aflígeme después». Estas pa-
labras siempre las he conservado en mi memoria.
Cuando jugaba con otros niños, decía mi madre: “Siempre
que los niños juegan con modestia unos con otros, los ángeles o el
Niño Jesús están con ellos». Esto lo creía yo al pie de la letra y no
me causaba admiración; así que miraba con frecuencia al cielo
para ver si venían pronto y otras veces creía que estaban con nos-
otros. Para que no se fuesen de nuestro lado, siempre jugába-
mos juegos moderados y edificantes.
Cuando tenía yo que ir a la iglesia en compañía de otros ni-
ños, iba delante o detrás de todos, para no oír ni ver durante el
camino ninguna cosa mala. Mi madre me había recomendado esto
y exhortado a que, entretanto, rezara unas u otras oraciones.
Cuando me hacía la señal de la cruz en la frente, en la boca y en
el pecho, decía yo interiormente: “Estas cruces son las llaves
para que no entre ninguna cosa mala en el pensamiento, ni en
la boca, ni en el corazón. Sólo el Niño Jesús debe tener la llave;
y si sólo Él la tiene, todo irá bien».

36. La conducta de su padre.
Mi padre era sumamente recto y piadoso, de carácter severo
y franco al mismo tiempo. La pobreza le hacía afanarse y trabajar
mucho; pero no se inquietaba de cómo mantener a su familia,
pues todas las cosas las ponía con filial confianza en las manos de
Dios y hacía su dura labor como un criado fiel, sin angustia y sin
codicia.
Una vez nos refirió que había un hombre muy grande lla-
mado Hün que iba por el aire. Yo soñaba que veía por encima
de la tierra a ese hombre, el cual con una pala arrojaba tierra
buena en unas partes y tierra mala en otras. Como mi padre
trabajaba mucho, me acostumbró desde niña al trabajo. En in-
vierno y en verano al despuntar el día yo salía al campo a bus-
car el caballo. Era una mala bestia que daba coces y mordía
y muchas veces huía de mi mismo padre; pero se dejaba sujetar
en seguida por mí y aún venía corriendo a mi encuentro. A ve-
ces daba yo un salto desde una piedra u otro lugar elevado para
subir sobre él y asi me llevaba a casa. Solía entonces volver la
cabeza para morderme; pero yo lo castigaba y ya no era menes-
ter más. También debía conducir con él frutos y estiércol. Ahora
no acierto a comprender cómo, siendo yo a la sazón tan débil
niña, podía manejarlo.
Mi padre me llevaba muchas veces consigo al campo muy
de mañana. Cuando salía el sol se quitaba el sombrero y rezaba
y hablaba de Dios, que hace salir el sol tan hermoso sobre nos-
otros. También solía decir que es muy funesto y censurable
permanecer en la cama dejando que salga el sol y nos halle dur-
miendo; pues de aquí proviene que las casas, los campos y las
personas perezcan. Una vez le dije: “A mi no me puede suceder
esto, pues el sol no da en mi cama». Mi padre repuso: “Aunque
tú no veas el sol cuando sale, él ve todas las cosas y brilla sobre
todas ellas». Yo meditaba estas palabras.
Cuando salíamos juntos, antes de amanecer, me decía mi
padre: “Mira, todavía no ha pasado ningún hombre por aquí;
nosotros somos los primeros. Si tú rezas con devoción, bendeci-
remos el país y los campos. Es muy hermoso salir cuando toda-
vía nadie ha pisado el rocío; aún está en el campo la bendición
de Dios; porque aún no se ha cometido en él ningún pecado, ni
se ha dicho en él ninguna palabra mala. Cuando uno sale al
campo y encuentra hollado el rocío, no parece sino que lo ve
todo manchado y corrompido».
Aunque yo era muy pequeña y débil, trabajaba con mis pa-
dres o con mis parientes en las rudas faenas del campo. Siempre
acertaba a tomar parte en los trabajos más penosos. Recuerdo
que una vez puse en el carro, sin descansar, unos veinte haces
de mies más pronto de lo que el trabajador más robusto pudie~
ra haberlo hecho. También trabajaba mucho segando y atando
las mieses.
Debía salir al campo con mi padre y llevar caballo, condu-
cir la rastra y hacer todo género de faenas. Cuando dábamos al-
guna vuelta o nos parábamos, decía: “¡Qué hermoso es esto!
Mira, de aquí podemos divisar la iglesia de Koesfeld y contem-
plar al Santísimo Sacramento y adorar a Nuestro Señor y Nues-
tro Dios. Desde allí nos está viendo y bendiciendo nuestro tra-
bajo». Cuando tocaban a misa, se quitaba el sombrero y hacía
oración, diciendo: ‘¡Oigamos ahora misa!” Mientras trabajaba,
decia: “Ahora está el sacerdote en el Gloria; ahora llega al Sanc-
tus; y ahora debemos pedir con él esto o aquello y recibir la
bendición”. Después cantaba o repetía alguna tonada.
Cuando yo levantaba las mieses, decía: “Se espantan las
gentes al oir la palabra milagro, y he aquí que vivimos de puro
milagro y gracia de Dios. Mira el grano en la tierra: ahi está
y de él sale un tallo que produce ciento por uno. ¿No es ésto
un gran milagro?» El domingo, después de comer, nos refería el
sermón y lo explicaba de un modo muy edificante. También nos
leía la explicación del Evangelio.

37. Ve a sus antepasados.
He visto el cuadro de mi vida antes de mi nacimiento,  es
decir, la de mis antepasados, no como árbol genealógico, sino
como una cosa que se dilataba sobre la tierra en toda clase de
lugares y condiciones. He visto salir rayos de uno al otro y lue-
go reunirse en nudos y derramarse en mil maneras de uno al
otro. He visto muchísimas personas piadosas entre ellos y per-
sonas de importancia y otras pobrísimas. He visto también una
rama entera de mi familia establecerse en una isla. Eran gente
rica, que poseía grandes barcos, pero ignoro dónde estuviesen.
Vi en este cuadro muchísimas cosas y saqué mucha enseñanza
en cuanto a transmitir el todo siempre puro a nuestros suce-
sores y de conservar puro o de purificar en nosotros aquello que
nos viene de nuestros antepasados. Esto lo reconocí tanto en
sucesión y descendencia carnal, como espiritual. He visto tam-
bién a los progenitores de mi padre; su madre era una Rensing,
hija de un rico comerciante. Era avara y en la guerra de los
siete años sepultó su dinero cerca de nuestra casa. Conozco más
o menos el lugar. Sé también que mucho tiempo después de mi
muerte, cuando otra familia poseerá la casa, ese dinero será
encontrado. Esto lo sabía yo ya desde niña.

38. Trato familiar con el Angel de la Guarda.
El Angel me llama y me guía, ya a un lugar, ya a otro. Con
frecuencia voy en su compañía. Me conduce adonde hay per-
sonas a quienes no conozco o he visto alguna vez, y otras veces
adonde hay otras a quienes no conozco. Me lleva sobre el mar
con la rapidez del pensamiento y entonces voy muy lejos, muy
lejos. El fue quien me llevó a la prisión donde estaba la reina
de Francia. Cuando se acerca a mi para acompañarme a alguna
parte, las más de las veces veo un resplandor y después surge
de repente su figura de la oscuridad de la noche, como un fuego
artificial que súbitamente se enciende.
Mientras viajamos, es de noche por encima de nosotros;
pero en la tierra hay vislumbres. Vamos desde aquí, a través
de comarcas conocidas, a otras cada vez más lejanas, y creo
haber recorrido distancias extraordinarias; ya vamos sobre ca-
lles o caminos rectos, ya torcemos por campos, montañas o ríos
y mares. Tengo que recorrer a pie todos los caminos y trepar
muchas veces escarpadas montañas; las rodillas me flaquean
doloridas y los pies me arden, pues siempre voy descalza. Mi
guía vuela, unas veces delante de mi y otras a mi lado, siempre
muy silencioso y reposado. Acompaña sus breves respuestas con
movimientos de mano o con inclinaciones de cabeza. Es bri-
llante y transparente, a veces severo, a veces amable. Sus cabe-
llos son lisos, sueltos y despiden reflejos; lleva la cabeza descu-
bierta y viste un largo traje, resplandeciente como el oro. Ha-
blo confiadamente con él; pero nunca puedo verle el rostro, pues
estoy muy humillada en su presencia.
Él me da instrucciones y yo me avergüenzo de preguntarle
muchas cosas, pues me lo impide la alegría celestial que expe-
rimento cuando estoy en su compañía. Es siempre muy parco
en palabras. Lo veo también cuando estoy despierta. Cuando
hago oración por otros y él no está conmigo, le invoco para que
vaya con el ángel de aquellos. Si está conmigo, digo muchas ve-
ces: “Ahora me quedaré sola aquí; vete tú allá y consuela a esa
gente». Luego lo veo desaparecer. Cuando llegamos al mar y
no sé cómo pasar a la orilla opuesta, de repente me veo del otro
lado y miro maravillada hacia atrás.
Paso con frecuencia sobre las ciudades. Cada vez que en el
oscuro invierno salía ya tarde de la iglesia de los Jesuitas de
Koesfeld e iba a nuestra casa de Flamske, a través de nubes de
agua y nieve, y sentía miedo, acudía yo a Dios. Entonces veía
oscilar delante de mi el resplandor como llama, que tomaba la
forma de mi guía. Al punto se secaba el piso por donde iba;
veía con lágrimas lo que estaba en torno mio; dejaba de llover
y nevar sobre mi, y llegaba a casa sin mojarme.
Estaba yo con mi guía en el Purgatorio  veía la gran
aflicción de aquellas pobres almas, porque no podían valerse
a sí mismas y cuán poco las socorren los hombres de nuestro
tiempo. Indecible es su necesidad. Comprendiendo esto vine a ha-
llarme separada de mi guía por una montaña y experimenté
tan vivo anhelo y afán de volver a su lado, quc casi perdí el
conocimiento. Le veía a través de la montaña. pero no podía ir
hacia él. Entonces me dijo el ángel: “Ese mismo deseo que tu
sientes lo sienten esas almas para que se les socorra».
Llevâbame muchas veces a las cárceles y cavernas para que
hiciera oración. A la vista de aquellos lugares lloraba yo de ro-
dillas y clamaba a Dios con los brazos abiertos hasta que Él se
compadecía.
El ángel me exhortaba a ofrecer todas mis privaciones y
mortificaciones para las almas benditas, las cuales no pueden
valerse por sí mismas y son cruelmente olvidadas y abandona-
das por los hombres. Yo enviaba muchas veces a mi ángel cus-
todio al ángel de aquéllos a quienes veía padecer, para que él
los moviese a ofrecer sus dolores por las benditas ánimas. Lo
que hacemos por ellas, oraciones u otras buenas obras, al punto
se convierte en consuelo y alivio para ellas. ¡Se alegran tanto,
son tan dichosas con esto y son tan agradecidas! Cuando yo
ofrezco por ellas mis trabajos, ellas ruegan por mi. Lléname de
espanto el horrible abandono y el desperdicio que se hace de las
gracias de la Iglesia que en tal abundancia son ofrecidas a los
hombres y que éstos tan poco aprecian, mientras las pobres
almas las anhelan y desfallecen a causa del deseo que tienen
de ellas.

39. La voz de la obediencia.
Cuando me veo conducida durante una visión o estoy ocu-
pada en alguna obra espiritual que me ha sido impuesta, me
siento de repente llamada a este mundo oscuro como por un
poder lejano, respetable y santo, al cual no puedo resistir. Oigo
la voz “¡Obediencia!», que resuena en mí dolorosamente, es ver-
dad; pero la obediencia es la vida y la raíz de donde procede el
árbol de la contemplación.

40. Visión del efecto de la Confirmación.
Nos dirigimos a Koesfeld los que íbamos a ser confirmados.
Antes de acercarnos al obispo estaba yo con mis compañeras a
la puerta de la iglesia. Tenía un vivo sentimiento de la solemni-
dad que se estaba celebrando y veía a los que salían de la iglesia
transformados interiormente, aunque en diferentes grados, y se-
ñalados exteriormente con el carácter indeleble del Sacramento.
Cuando entré en la iglesia, vi al obispo que resplandecía
vivamente. Había en torno suyo como un ejército de poderes
celestiales. Brillaba el óleo de la unción y de la frente de los
confirmados salía luz.
Cuando fui ungida, sentí un fuego que penetraba por mi
frente y me llegaba al corazón y me sentí fortalecida. Después
he visto varias veces al obispo, pero apenas lo he conocido.
Desde que fui confirmada nunca pudo mi corazón dejar de
pedir a Dios que castigara en mí todas las culpas que Él me mos-
trase o que yo misma descubriese.

41. Las asechanzas del demonio.
Siendo niña y aún después, me he visto muchas veces en pe-
ligro de perder la vida; pero con el auxilio de Dios siempre he
salido bien. Sobre este punto me ha sido dada con frecuencia
luz interior, con la cual conocía que tales peligros no nacían de
la ciega casualidad. sino que procedían, por permisión de Di0s,
de las asechanzas del enemigo y surgían en los momentos en
que me hallaba descuidada; cuando no estaba en la presencia
de Dios o cuando consentía, por imprevisión, en alguna falta.
Por esta razón no he podido creer nunca que pueda darse
mera casualidad. Dios es siempre nuestro amparo y auxiliar. Si
nosotros no nos separamos de Él, Su ángel está siempre a nues-
tro lado; pero nosotros debemos hacernos dignos de su auxilio
con nuestra voluntad y con nuestras obras. Debemos acudir a Él
como hijos agradecidos y no separarnos de Él, pues el enemigo
de nuestra salvación anda acechándonos y procura de todos mo-
dos perdernos.
Tenía yo a la sazón pocos años; mis padres estaban fuera de
casa; me hallaba sola. Habíame mandado mi madre que cuidara
la casa y no saliera. Vino una mujer anciana y acaso por curio-
sear 0 por hacer algo que yo no viera, me dijo: “Ve a mi peral
y saca peras; ven pronto, antes que tu madre vuelva». Cai en
la tentación; olvidé lo que mi madre me había mandado y corri
al huerto de aquella mujer tan apresuradamente que me di un
golpe en el pecho con un arado que estaba oculto entre pajas y
caí al suelo sin sentido. Así me halló mi madre y me hizo volver
en mi por medio de un castigo sensible. El dolor del golpe lo
sentí durante largo tiempo. Más tarde supe que el demonio se
habia servido de la mala voluntad de aquella mujer para tentar
mi obediencia por medio del apetito desordenado y que habiendo
caído en la tentación, puse en peligro mi vida. Esto me hizo ser
muy precavida contra la gula y reconocer cuán necesario es al
hombre mortificarse y vencerse a si mismo.
Cierta vez iba yo de noche a la iglesia, cuando se me pre-
sentó una figura semejante a un perro. Puse la mano delante y
recibí tan fuerte golpe en el rostro que me echó fuera del ca-
mino. En la iglesia se me hinchó la cara y las manos se me lle-
naron de ampollas. Hasta que volví a casa estuve desconocida.
Me lavé con agua bendita. Camino de la iglesia había un cerco
que era preciso salvar sobre una tabla. Cuando llegué allí una
vez muy de mañana, en la fiesta de San Francisco, vi una gran
figura negra que intentaba detenerme. Luché con ella hasta que
pasé, sin sentir angustias ni temor al enemigo. Siempre me sale
al encuentro en el camino y quiere que yo dé un rodeo; pero
no lo consigue.
La discordia que reinaba en una familia de Koesfeld me
afligía mucho. Rogué por aquellos infelices e hice el Via Crucis
el Viernes Santo, en la iglesia, a las nueve de la noche. Apa-
recióseme el demonio en figura humana, en una calle estrecha,
y quiso matarme. Llamé a Dios con todo mi corazón y Satanás
huyó. El jefe de aquella familia se portó desde entonces me-
jor con su mujer.
Yendo yo muy temprano, antes de amanecer, juntamente
con una amiga mia, por el campo a hacer oración, en un lugar
por donde debíamos pasar, se nos apareció el demonio en figura
de un enorme perro, tan alto como yo, intentando impedirnos
el paso. Tan pronto como hice la señal de la cruz, se retiró un
tanto, y de nuevo se detuvo. Esta aparición nos retardó un cuar-
to de hora. Mi amiga estaba tan asustada que se puso detrás de
mí, temblando, y se abrazó a mi. Por último me dirigí al demonio
diciéndole: “En nombre de Jesucristo, ¡vamos! Somos enviados
por Dios y queremos hacer las cosas por Dios. Si tú fueras de
Dios, no intentarias impedirnos el paso. Sigue tu camino, que
nosotras seguiremos el nuestro”. Al oír estas palabras desapare-
ció el monstruo. Mi amiga al ver esto se repuso y dijo: “¿Por qué
no le has hablado asi desde el principio?» A lo cual respondí:
“Tienes razón; no se me había ocurrido antes». Y continuamos
tranquilamente nuestro camino.
Un día había yo hecho una oración con mucho fervor delante
del Santísimo Sacramento, cuando Satanás se lanzó junto a mí,
sobre un reclinatorio, con tanta violencia, que éste crujía con
gran ruido. Aunque sentí escalofríos, no logró turbarme. Prose-
guí mi oración con mayor celo que antes y entonces desapareció.


Autobiografía de Ana Catalina Emmerick – Capítulo 2

CAPÍTULO II

SU VOCACIÓN, SUS ESTIGMAS, SUS PRUEBAS
INTRODUCCIÓN
En este capitulo concluyen las manifestaciones de la vidente
acerca de su vida misteriosa. A las preguntas de sacerdotes y
seglares que la asisten, refiere diversos aspectos de su voca-
ción religiosa y las circunstancias en que se le aparecieron los
sagrados estigmas de Jesucristo a semejanza de San Francisco
de Asís, cuya estigmatización contempló en una maravillosa
visión. Cuenta las pruebas inclecibles que debió soportar por
causa de las llagas, la lucha contra enemigos visibles e invi-
sibles y otros privilegios sobrenaturales que recibió, todo lo
cual lo expresa con simplicidad y profundidad sorprendentes.
Algunos párrafos podían haber pasado a otros capítulos
como asimismo en otros capítulos hay numerosos hechos re-
lacionados con su vida que pudieron haberse incluido aquí:
mas debido a la dificultad casi insuperable de deslindarlos por
la vinculación que guardan con otras visiones, hemos preferido
reunirlos en la forma en que aparecen, que juzgamos la más
ordenada posible.

 

1. Siente vocación por el estado religioso.
Todavía era yo muy niña y ya guardaba las vacas, cosa para
mi dificil y penosa. Como sintiera el deseo de dejar la casa y las
vacas para servir a Dios a solas, donde nadie me conociera, se
me representó en una visión que iba yo a Jerusalén. De repente
se llegó a mi una religiosa a la cual después reconocí ser Juana
de Valois, la cual motraba mucha gravedad en el porte y tenía
consigo un hermoso niño como de mi edad. Comprendí que este
niño no era hijo suyo, porque no le llevaba de la mano. Pregun-
tóme qué quería, y como yo le refiriese mi deseo, ella me consoló
diciéndome: “No temas; mira este niño, ¿lo quieres por esposo?”
Yo le respondí que sí, y ella me dijo que esperara tranquila hasta
que él viniera y que yo sería monja. Esto me parecía enteramente
imposible; pero ella me aseguró que entraría en un convento,
pues para mi Esposo no había nada imposible. Entonces lo creí
como cosa cierta y segura.
Cuando volví de la visión, traje tranquilamente las vacas a
casa. Esto se me ofreció en pleno día.
Tales visiones nunca me inquietaban. Creía que todos las te-
nían como yo. Nunca he pensado en las diferencias que hay entre
las visiones y el trato real con los hombres.

 

2. Otra visión la confirma en su propósito de hacerse monja.
Había hecho mi padre el voto de regalar todos los años un
ternero cebado al convento de la Anunciación de Koesfeld. Cuan-
do llevaba el regalo, solía ir yo con él. En el convento las monjas
me hacían sencillas bromas. Poníanme en el torno y le daban
vuelta hacia adentro para obsequiarme; luego le volvían hacia
fuera preguntándome en broma si quería quedarme con ellas.
Siempre les respondía que si y nunca quería salir del convento.
Entonces me decían ellas: “La primera vez que vengas, te que-
darás con nosotras”. Aunque era muy niña, cobré, sin embargo,
mucha afición a este convento, en el cual reinaba el orden.
Cuando oía la campana de la iglesia del convento, hacía ora-
ción con la intención de unir mi devoción a la de las piadosas
monjas. De esta suerte entré en íntima relación con el monaste-
rio de la Anunciación.
En cierta ocasión estaba yo guardando un rebaño de vacas
a las dos de la tarde; era un día muy caluroso de verano. El
cielo se había oscurecido; amenazaba una tormenta y tronaba.
Las vacas estaban muy inquietas con el calor y las moscas. Yo
me hallaba muy apurada porque no sabía qué hacer con aquel
rebaño de casi cuarenta vacas, que a mí, débil niña, me daban
mucho trabajo cuando corrían entre las zarzas. Estas vacas eran
de los labradores de la aldea, cada uno de los cuales tiene que
guardarlas tantos días cuantas son las cabezas que posee. Siem-
pre que yo las guardaba estaba en oración o en contemplación,
caminando a Jerusalén o a Belén, donde en realidad era más
conocida que en mi propia casa.
Ahora, cuando estalló la tempestad, me retiré detrás de una
pequeña colina de arena donde había enebros y me pude ocultar.
Oré allí y se me ofreció una visión. Llegó a mí una religiosa
entrada en años, vestida con el hábito de las de la Anunciación
y habló conmigo. Me dijo que no se honra a la Madre de Dios
con sólo adorar y llevar y traer sus imágenes, ni con decirle
toda clase de palabras piadosas; sino que se deben imitar sus
virtudes, su humildad, su amor y su pureza. Me dijo además
que orando en los peligros y tempestades no hay refugio mejor
que las llagas de Jesús, a las cuales había tenido ella siempre
íntima devoción y que había recibido la gracia de sentir los
dolores de esas llagas; pero no había manifestado esto a ningún
hombre. Me dijo que siempre había usado, sin que nadie lo su-
piera, camisa de crines con cinco clavos sobre el pecho y una
cadena a la cintura, y que siempre había tenido oculta su de-
voción. También me habló de su especial devoción a la Anuncia-
ción de María y me dijo que le había sido dado a entender que
María, desde su más tierna niñez, había tenido vivo anhelo por
la venida del Mesías y que sólo había deseado ser la esclava de
la Madre del Señor. Me refirió, además, que había visto la
Anunciación del Angel. Le comuniqué cómo yo la había visto, y
así nos hicimos muy amigas; todas las cosas las habíamos visto
de igual manera. Serían como las cuatro de la tarde cuando volví
de la visión. Las campanas del convento estaban tocando; la
tempestad había pasado; las vacas se hallaban reunidas y tran-
quilas; no se habían mojado. Entonces hice por vez primera el
voto de ser religiosa en el convento de la Anunciación; pero
luego me resolví a estar más lejos de mi familia y nada dije
de esta resolución. Después conocí en mi interior que mi amiga
era Juana, y supe también que había sido obligada a contraer
matrimonio. Luego la vi muchas veces, especialmente cuando en
dicho estado iba yo a Jerusalén y a Belén. Entonces me juntaba
con ella, y más tarde con Francisca y Luisa.

 

3. Aparición de Jesucristo.
Unos cuatro años antes de entrar en el convento, estaba yo
al mediodía en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld, arrodillada
delante de un crucifijo, en la tribuna del coro, orando con fervor.
Hallábame abstraída interiormente en la meditación cuando vi
salir del altar, donde estaba el Santísimo Sacramento, en el ta-
bernáculo, y llegarse a mí, al celestial Esposo bajo la forma de
un mancebo resplandeciente.
En la mano izquierda tenía una guirnalda de flores y en la
derecha una corona de espinas; me ofreció una y otra para elegir.
Yo tomé la corona de espinas y Él me la puso en la cabeza, con-
tra la cual me la oprimió con ambas manos. Jesús desapareció
y yo empecé a sentir un molesto dolor alrededor de la cabeza.
Pronto tuve que salir de la iglesia, pues el sacristán hacía largo
rato que andaba haciendo ruido con las llaves. Una amiga mía.
que estaba arrodillada a mi lado, debió haber notado algo en mi
estado. Cuando llegamos a casa le pregunté si veía alguna herida
en mi frente y le referí en general la visión que había tenido y el
dolor que sentía desde entonces. Ella no vió nada ni aún pareció
admirarse de lo que yo le dije, porque ya conocía en mí seme-
jantes estados aunque sin tener idea clara de su sentido.
Al día siguiente tenía la cabeza hinchada, por encima de los
ojos y en las sienes, hasta las mejillas, y sentía vivísimos dolores.
Estos dolores y la hinchazón se renovaron con frecuencia y
muchas veces me duraban días y noches enteras. La sangre que
salía alrededor de la cabeza no la advertí hasta que mis compa-
ñeras me dijeron que me mudara la venda, pues la que tenía
estaba llena de manchas como herrumbres. Dejé que mis compa-
ñeras creyeran esto y me puse la venda de tal manera que oculté
felizmente la sangre hasta entrar en el convento, donde sólo lo
ha visto una persona, que ha guardado fielmente el secreto.

 

4. Se enferma y recibe un libro maravilloso.
Desde aquella hora empecé a enfermar; vomitaba con mu-
cha frecuencia y estaba muy triste. Como andaba tan anhelosa
e inquieta, mi madre me preguntó qué tenía. Yo le declaré ter-
minantemente que quería entrar en el convento. Mucho le des-
agradó este propósito y me preguntó cómo quería entrar en
un convento no teniendo bienes algunos y estando delicada de
salud. Luego fue a quejarse a mi padre y ambos trataron de
quitarme por todos los medios la idea de ser religiosa. Descri-
biéronme la vida del claustro como cosa sumamente difícil
para mí y me dijeron que una pobre labradora, como yo, sería
desatendida. Respondí: “Aunque nada tengo, Dios es todopode-
roso y lo llevará a cabo”. La negativa de mis padres me llegó
tan a lo vivo, que mi enfermedad se agravó y hube de quedarme
en cama.
Durante esta enfermedad vi una vez, al mediodía, cuando
penetraba el sol por la pequeña ventana de mi habitación, lle-
garse a mi lecho un santo varón y dos religiosas. Los tres tenían
figuras resplandecientes. Me traían un libro grande como un
misal y me dijeron: “Si sabes leer en este libro, verás lo que
es propio de una religiosa”. Yo respondí que lo leería y lo puse
sobre mis rodillas. Estaba en latín; pero yo lo entendía todo y
lo leía con mucho afán. Ellos me dejaron el libro y desapare-
cieron. Las hojas del libro eran de pergamino y estaban escritas
con letras rojas y doradas. Había en él imágenes de santos de
tiempos antiguos. Su encuadernación era amarilla y no tenía
broches. Este libro lo llevé conmigo cuando entré en el convento
y lo leía con atención. Luego que había leído alguna parte de él,
me lo quitaban, A veces entendi que me decian: “Ahora tienes
que leer tantas hojas”. En los últimos años veía yo este libro
cuando era arrebatada a algún lugar que se referia a las pre-
dicciones y escritos de los santos profetas.
Este libro me era mostrado entre otros muchos libros profé-
ticos de todo el mundo y de todos los tiempos, como la parte que
yo tenía en estos tesoros.
Igualmente veía cómo estaban guardados allí otros consue-
los y auxilios que de vez en cuando había yo recibido y poseido
largo tiempo. Ahora (20 de diciembre de 1819) me quedan toda-
vía cinco hojas para leer; pero necesito reposo para penetrar
su sentido.

 

5. Obstáculos a su entrada en religión.
La vida ordinaria me mostraba que podía dirigirme adonde
quisiera, pero que entrar en un convento era imposible. Por el
contrario, las visiones me conducían allí siempre y cada vez con
más seguridad. Siempre conocía yo en lo íntimo de mi alma que
Dios todo lo puede y que Él me conduciría hasta el fin, lo cual
me daba mucho ánimo. Creo que a todos los que desde su juven-
tud procuran con celo alcanzar su fin, que es la bienaventuran-
za, les sucede lo mismo, si bien es invisible la manera como Dios
los dirige. Aunque no vean esta dirección, obran conforme a
ella y reciben todas sus bendiciones tan luego como siguen los
impulsos, las inspiraciones y las ideas que Dios les da por medio
del Angel de la Guarda, o en la oración, o por medio del confe-
sor o de los superiores o sacerdotes de la iglesia, así como por
los acontecimientos y accidentes de la vida.
Una vez quiso mi hermano mayor que fuese en su compañia
al baile. Como yo me negara resueltamente a complacerle, se
disgustó mucho y se encolerizó conmigo y salió de casa muy des–
contento. Pero pronto volvió, se postró de rodillas delante de mí,
en presencia de mis padres, y me pidió perdón. Antes de esto
nunca habíamos estado discordes; después, nunca hemos vuelto
a discutir.
Como una vez me dejase conducir por falsa condescendencia
a tal diversión, sentí suma tristeza y anduve allí medio deses-
perada. Verdaderamente no estaba allí presente con mi espíritu;
pero experimentaba tanto tormento como si estuviera en el in-
fierno y sentía tal turbación que no quise permanecer más tiem-
po. Sin embargo, no me fui, temiendo que no me convenía irme
y que yéndome llamaría la atención, y así permanecí aún largo
tiempo.
Entonces me parecía como si me llamara desde afuera mi
celestial Esposo y yo huyera de Él; y como mirando alrededor le
buscara, le hallé bajo unos árboles, triste y airado, con el rostro
desfigurado y cubierto de sangre. “¡Qué infiel eres! -me decía-
¡Cuánta amargura me causa! ¡Qué mal me tratas! ¿No me cono-
ces ya?”. Yo le pedía perdón y veía lo que debía hacer para
evitar los pecados ajenos. Debía arrodillarme en un rincón y orar
con los brazos en cruz o ir al lugar donde podía impedir que se
cometiesen pecados.

 

6. Reprende la Virgen su falsa condescendencìa
Cuando por falsa condescendencia me dejé conducir otra
vez a una diversión, era tanto mayor la fuerza que experimen-
taba para alejarme de allí cuanto mayor empeño ponían mis
compañeras en retenerme. Huí de allí, pues me pareció como si
la tierra quisiera tragarme. Estaba indeciblemente turbada.
Apenas había atravesado las puertas de la ciudad y tomado el
camino que conduce a mi casa, se llegó a mí una mujer admi-
rable y me dijo con grave ademán: “¿Qué has hecho? ¿Qué vida
en ésta? ¿Te has desposado con mi Hijo, y no has de tener parte
alguna con Él?” Luego se acercaba el Hijo con el rostro desfigu-
rado y triste y sus censuras me partían el alma; pues yo había
estado en tan mala compañía, mientras Él me esperaba sufrien-
do. Lloré y creí morirme de dolor y rogué a su Madre que pi-
diera perdón por mí, prometiéndole ya no volver a ser jamás
tan condescendiente. Y ella, en efecto, lo pidió y fui perdonada.
Prometí de nuevo no concurrir a tales reuniones. Entonces me
dejaron, después de haberme acompañado largo trecho. Yo es-
taba en mis cinco sentidos y ellos hablaron conmigo como pu-
diera haber hablado cualquiera persona viva. Sentía mortal tur-
bación y fui a casa llorando a gritos. A la mañana siguiente me
reprendieron por haber salido sola.
Finalmente logré la tranquilidad. Vino a manos de mi padre
un librito en el cual leyó que los padres no deben llevar a sus
hijos a semejantes diversiones. Fue tanta su aflicción entonces,
que lloró amargamente, diciendo: “Dios sabe que yo creía era
algo bueno”. Yo misma hube de consolarle lo mejor que pude.
Mis padres me hablaron también de matrimonio, hacia el
cual sentía yo gran aversión. Ocurrióseme que acaso esta aver-
sión provenía por temor de las penalidades que trae consigo este
estado. Sin embargo, si fuera voluntad de Dios, decía yo, que lo
abrazara, tales penalidades habrían de serme agradables. Em-
pecé a pedir a Dios que quitara de mi aquella aversión, si era
voluntad suya que yo condescendiera con mis padres y me ca-
sara. Pero entonces crecía todavía más en mí el deseo de entrar
en el claustro.

Al párroco y a mi confesor les había manifestado esta duda,
pidiéndoles consejo. Ambos me dijeron que si no tenía ningún
hermano ni hermana que cuidara de mis padres, no debía en-
trar en el convento contra su voluntad; pero como mis padres
tenían muchos hijos, yo conservaba mi libertad. Así que per-
manecí firme en mi propósito.

 

7. Entra en la casa de Söntgen para aprender el órgano.
Para admitirla en el convento, las monjas le exigieron la
dote de costumbre, o bien que fuera útil tocando el órgano en
las funciones de la comunidad. Como no era rica para hacer el
voto de pobreza, entró como criada en la casa del organista Sänt-
gen, para aprenderlo.
Nunca llegué a tocar el órgano. Yo era la criada y nunca lo
aprendí, porque apenas paraba en la casa, pues buscaba la ma-
nera de ayudar a los que padecían trabajos y miseria. Servía
como criada, hacía todas las cosas y daba todo lo mío.
¡Cómo aprendí a pasar hambre!… Muchas veces pasaron
ocho días sin ver el pan. Nadie le fiaba, ni aún por el valor de
siete cuartos, a la familia del organista Söntgen. Todo lo que ha-
bía ganado cosiendo se acabó y llegué a pasar hambre. Di hasta
mi última camisa. Mi buena madre tuvo asimismo compasión y
me llevaba huevos, manteca, pan y leche, con lo cual vivían.
En cierta ocasión me dijo mi madre: “No sabes la aflicción que
nos causas queriendo a toda costa irte a un convento. Cuando
miro el lugar que en casa ocupabas, se me parte el corazón, pues
eres mi hija”. Yo le respondí: “Dios te lo pague, madre mía,
que yo nada tengo con que pagártelo. Pero es voluntad de Dios
que sean sustentados los pobres por mi medio. Ahora Dios pro-
veerá. Todo se lo he dado y Él sabrá ayudarnos a todos”. Y mi
madre volvía a estar contenta. Muchas veces pensaba yo: ¿Cómo
podré entrar en un convento si no tengo nada y todas las cosas
me son contrarias? Pero después, dirigiéndome a Dios, decía: “Yo
no sé valerme; mas Tú, que has suscitado en mi este deseo, le
darás cumplimiento”.

 

8. Ve la cruz del Salvador. 
Esta aparición me causó espanto. Sentía escalofríos; pues
miraba alrededor y veía la cruz ensangrentada, no con miradas
interiores, sino con los ojos corporales delante de mí. Me vino
entonces con mucha viveza el pensamiento de que Dios quería
anunciarme con esta aparición algún trabajo muy grande. Temí
y vacilé; pero el triste aspecto de mi Salvador venció mi resis-
tencia y me sentí firmemente resuelta a conformarme con todo,
por amargo que fuese, con tal que el Señor me diera paciencia.

 

9. Hace profesión de religiosa agustina.
Yo no tenía de qué disponer. Acudí a mis padres y herma-
nos, pero ninguno quiso darme nada, ni siquiera mi buen her-
mano Bernardo. Todos vinieron sobre mi y levantaron la voz
como si los hubiera arruinado con aquella fianza. Pero la deuda
había que pagarla antes que yo hiciera los votos. Yo no cesaba
de pedir a Dios que se compadeciera de mi, hasta que por fin
tocó el corazón de un hombre piadoso que les dió tres téleros.
Mi hermano lloró después muchas veces por haber sido tan duro
conmigo.
Vencido al cabo este obstáculo y terminados los preparati-
vos para hacer los votos, se presentó por último otra dificultad.
La Reverenda Madre me anunció a mi y a Clara Söntgen que
hacían falta algunas cosas que habían de traerse de Münster,
por las cuales era preciso que cada una de nosotras pagara tres
táleros. Esto me turbó mucho, porque no tenía dinero. En mi
apuro fui a quejarme al abate Lambert, el cual me dió dos es-
cudos; cuando volví a mi celda muy contenta hallé encima de
la mesa seis táleros. Los dos escudos se los llevé a mi amiga,
que tampoco sabía cómo reunir la cantidad exigida, pues nada
poseía.
Ocho dias antes de la Presentación de la Virgen en el tem-
plo, el segundo día de la novena que precede a esta fiesta, en
cuyo mismo día del año anterior habíamos tomado el hábito
Clara Söntgen y yo, hicimos la profesión religiosa de agustinas
en el convento de Agnetenberg, en Dülmen, en el año 1803 y
desde aquel dia fuimos consagradas esposas de Jesucristo bajo
la regla de San Agustín.
Después de la profesión volvieron mis padres a ser buenos
conmigo. Mi padre y mi hermano vinieron a Dülmen y me tra-
jeron de regalo dos piezas de tela de hilo. Mi piadoso y severo
padre, que con toda mi familia había llevado a mal que yo en-
trara en el convento, me había dicho, al despedirme de él, que
pagaría con gusto mi entierro, pero que para el convento nada
me daba. Ahora cumplía su palabra, pues aquella tela era la
mortaja con que habían de sepultarme en el claustro.

 

10. Ve la causa de ciertas enfermedades de los animales.
Como una vez hubiera en aquella pequeña ciudad una gran
mortandad de vacas, las gentes llevaban su ganado a cierta casa
para que las curasen, pero la mayor parte de los animales mo-
rían. Una mujer vino a mí lamentándose y llorando y me pidió
que rogara por ella y por aquellos pobres labradores. Cuando
hice oración, vi los establos de aquellas gentes y las vacas sanas
y las enfermas. Vi también cual era la causa del mal y la eficacia
de la oración para remediarlo. Muchas vacas estaban enfermas
en castigo del orgullo y falsa seguridad de las gentes, que no
sabían que Dios puede dar y quitar los bienes y para exhortarlos
a penitencia. Yo pedí a Dios que se dignara corregirlo de otra
manera.
Vi además muchas vacas enfermas a causa de la maldición
y envidia de los que querían mal a sus prójimos, lo cual sucedía
especialmente entre aquéllos que no se cuidaban de dar filial-
mente gracias a Dios por los bienes que poseían, ni de pedirle
su bendición. Junto a estas vacas vi yo una como oscuridad, en
la cual se deslizaban sombras negruzcas y siniestras. La bendi-
ción no sólo consiste en descender la gracia de Dios sobre nos-
otros, sino también en quitar los efectos de la maldición. Las
vacas que, según había visto yo, habían sido perdonadas por la
virtud de la oración, se diferenciaban de las demás en algo
como luminoso; y de las que se curaron vi salir un vapor oscuro,
así como vi oscilar cierto brillo luminoso sobre las que habían
sido bendecidas desde lejos por la oración. Vi por último que, de
repente, cesó el contagio. El ganado de aquella mujer salió del
todo ileso.

 

11. Recibe remedios sobrenaturales.
Los remedios los recibía yo de mi guía y también de mi ce-
lestial Esposo, de María y de los santos. Los recibía ya en bri-
llantes botellitas, ya en forma de flores, capullos y hierbas y
también en pequeños trocitos. A la cabecera de mi lecho había
una repisa de madera donde hallaba yo aquellas admirablcs
medicinas cuando tenía alguna visión y aún estando despierta
a la vida natural. Muchas veces los manojos de hierbas olorosas
y delicadas sobre toda ponderación, estaban junto a mi cama o
los tenía yo misma en la mano cuando volvía en mí. Yo tocaba
las tiernas y verdes hojas y sabía cómo habían de aplicarse.
Con su buen olor me confortaban o comía de ellas o las ponía
en agua y bebía. Siempre notaba alivio y estuve curada el tiem-
po necesario para ejecutar algún trabajo.

 

12. Recibo diversos objetos de modo sobrenatural
Además recibía imágenes, figuras y piedras, de los seres que
se me aparecían, los cuales me instruían sobre el modo de hacer
uso de tales dones. A veces estos dones eran puestos en mis
manos o sobre mi pecho y me daban fuerza y consuelo. Muchos
de ellos podía poseerlos largo tiempo y aún darlos a otros para
que se curasen, lo cual hacia yo de vez en cuando, pero sin
decir cómo los había obtenido. Todos estos dones son hechos
reales, que ciertamente sucedieron; pero el modo cómo en mi
sucedieron no lo puedo explicar. Fueron cosa cierta y como tal
los tomaba yo para honrar a Aquél que, por compasión de mí,
me los enviaba.
Durante la enfermedad, que después padecí, me dió mi
celestial Esposo una piedra blanca y transparente, en forma de
corazón, del tamaño de un tálero, donde estaba la imagen de la
Madre de Dios con el Niño, en color rojo, azul y dorado. La
piedra era lisa y dura, la imagen muy delicada y su rostro tan
consolador, que me curé. Yo la guardé en un bolsillo de cuero
y la llevé conmigo largo tiempo, hasta que me fue substraída.
Después recibí un anillo que Él mismo me puso en el dedo. Te-
nía una piedra preciosa con la imagen grabada de su Santísima
Madre. Lo poseí largo tiempo hasta que Él me lo sacó del dedo.
También he recibido semejante don del santo patrón de mi
orden. Era el día de su fiesta y yo me hallaba en cama con
vivos dolores. Ya estaba próxima la hora en que la comunidad
iba a recibir la sagrada. Comunión y nadie creía que yo pudiera
comulgar. Pero sentí como si fuera llamada y fui a la iglesia y
recibí con las demás el Santísimo Sacramento. Al volver a mi
celda, caí desmayada, y en tal estado y vestida no sé quién me
recostó en el lecho. Se me apareció San Agustín y me dió una
piedra brillante y transparente en forma de haba, en la cual
sobresalía a manera de grano de trigo un corazón rojo con una
cruz. Se me dió a entender que el corazón había de ponerse tan
claro como el resto de la piedra. Cuando desperté, me ví con esta
piedrecita en la mano.La puse en un vaso de agua y bebí ame-
nudo de ella y me vi curada. Después me quitaron la piedrecita.

 

13. Ve a Jesús en la santa Hostia.
Muchas veces he visto brotar sangre de la cruz en la hostia
y lo he visto con toda claridad. Otras veces he visto al Senor
aparecerse en la sagrada Hostia en forma de niño sonrosado y
resplandeciente como un relámpago. Al recibir la santa Comu-
nión veo con frecuencia al Salvador acercárseme como Esposo v
desaparecer luego que yo he recibido el Santísimo Sacramento;
y siento la mayor suavidad en su divina presencia. Cuando Jesús
entra en el pecho de los que comulgan, se funde con el alma en
semejanza del azúcar que se deshace en el agua. Tanto más in-
timamente penetra cuanto más vivo es el deseo del que lo
recibe.

 

14. Oración para después de cometer una falta.
A pedido del Deán Overberg, Ana Catalina le dijo cómo
acostumbraba a orar después de cometer alguna falta.
¡Oh Madre de mi Salvador! Tú eres por dos razones Madre
mía; pues tu Hijo me dió a ti misma por Madre, cuando dijo al
apóstol San Juan: “He aqui a tu Madre”; y porque yo me he
desposado con tu Hijo. Ahora, habiendo desobedecido a mi Es-
poso, tu Hijo, me avergüenza de comparecer en su presencia.
Ten, pues, compasión de mí, ya que es tan bondadoso tu corazón
maternal. Pídele que me perdone, que a Ti no te negará mi
perdón.
Yo soy el hijo pródigo, oh Dios mío. He disipado la herencia
que Tú me diste; no soy digna de llamarme hija tuya. Compa-
décete de mí. Recíbeme de nuevo. Te lo pido por mi dulcisima
Madre, que también es Madre tuya.

 

15. Las oraciones en latín.
No puedo usar de las oraciones de la iglesia traducidas al
alemán, pues así me parecen más lánguidas y pesadas. Cuando
hago oración no me sujeto a las palabras de ninguna lengua,
pero durante toda mi vida me han parecido mucho más claras
y profundas las oraciones latinas de la Iglesia. Estando en el con-
vento me alegraba al pensar que íbamos a cantar y a rezar en
latín. Entonces sentía más vivamente la solemnidad y veía
todo lo que cantaba. Especialmente cuando cantábamos en latín
la letanía lauretana, veía yo en admirables visiones, uno tras
otro, todos los símbolos de María que se nombran en ella. Me
parecía que pronunciaba yo esas imágenes, por lo que sentía en
el principio temor; pero estas visiones pronto me causaban
gracia y alegría, que realzaban mucho mi devoción. He visto
las imágenes más admirables.

 

16. Ve como recibió sus llagas San Francisco de Asis.
Vi al santo en lo alto de una montaña, solo, rodeado de zar-
zas. En ella había grutas como celdas. Francisco había abierto
muchas veces el Evangelio y siempre salía en él la Pasión de
Cristo. Así rogaba al Señor que le diera parte en sus dolores.
Ayunaba allí de ordinario con mucho rigor; no se sustentaba
sino con pan y raices y sólo en la cantidad necesaria para no
desfallecer. Estaba de hinojos con las rodillas desnudas sobre
piedras de forma irregular, y todavía se puso sobre las espaldas
dos pesadas piedras. Le vi de noche, después de las doce, de
espaldas a la montaña y apoyado en la roca, orando con los brazos
extendidos. Con él vi a su Angel Custodio, que le sostenía las
manos. Su rostro brillaba con el fuego del divino amor. Era
flaco y demacrado y tenía un manto pardo abierto por delante,
con una capucha, como el que a la sazón usaban los pastores
pobres en aquel lugar. Alrededor del cuerpo tenía una cuerda.
Le vi enteramente rígido. Un indescriptible resplandor celestial
descendía perpendicularmente sobre él y en medio de esta gloria
vi un ángel con seis alas, dos en la cabeza, dos con las cuales
parecía volar y otras dos en los pies. En la mano derecha tenía
una cruz, menor que la mitad del tamaño que un hombre y en
ella un cuerpo del todo vivo y transparente. Los pies los tenía
cruzados y las cinco llagas lucían y resplandecían como soles. De
cada una de ellas salían tres rayos encendidos y brillantes que
terminaban en una flecha: primeramente desde las manos hasta
la superficie interna de las del santo; después desde la llaga del
costado derecho a su costado derecho, siendo esta llaga más
ancha que las otras; y por último, de los pies a las plantas de
San Francisco. En la mano izquierda tenía el ángel un tulipán
rojo en el cual había un corazón de oro. Recuerdo confusamen-
te cómo se lo dió. Al volver el santo en sí, no podía andar. Vi
que con grandes dolores se volvió al convento y que le ayudó su
Angel Custodio. Ocultó sus heridas lo mejor que pudo, pues no
quería que nadie se las viera. En la parte superior de las manos
tenía costras de sangre grandes y oscuras. No todos los viernes
salía sangre de sus manos con regularidad. De su costado salía
muchas veces tanta, que regaba el suelo. Le vi orar y vi la san-
gre que le caía por los brazos. Todavía he visto muchas cosas
de él. Así vi cómo antes que el santo fuera a ver al Papa, Su San-
tidad le vió llevando sobre sus hombros el templo de Letrán,
que se venía a tierra.

 

17. Cómo recibió sus propios estigmas.
Después de esto tuve otra visión concerniente a mi misma y
a mis llagas. Vi cómo las hube recibido. Antes no lo sabía. Ha-
llábame sola en mi habitación en casa de Roters, tres días antes
de año nuevo, aproximadamente a las tres de la tarde. Había
meditado en la Pasión de Cristo y le había pedido que me con-
cediera participar en sus dolores, rezando cinco Padrenuestros
en honor de las cinco llagas. Estando en cama, con los brazos
extendidos, experimenté gran dulzura y sed insaciable de los
dolores de Jesús. Vi descender sobre mi una luz que venía de
arriba oblicuamente. Era un cuerpo crucificado, vivo y trans-
parente, pero sin cruz; sus heridas brillaban más que el cuerpo:
eran cinco aureolas, las cuales salían de la gloria. Yo estaba
transportada y mi corazón se sentía movido con gran dolor y
suavidad, al mismo tiempo, del deseo de padecer los dolores de
mi Salvador juntamente con Él. Y como a la vista de sus llagas
se aumentara mi deseo, que parecía brotar de mi pecho y pa-
saba a través de mis manos y de mi costado y de mis pies en
dirección a sus llagas, luego descendieron, primero de las ma-
nos y después del costado y de los pies de la imagen, tres rayos
rojos y brillantes, acabados en flechas, sobre mis manos, sobre
mi costado y sobre mis piés. Así permanecí largo rato sin saber
lo que me sucedía, hasta que una niña de la dueña de casa me
bajó las manos. La niña salió de la habitación diciendo a los
suyos que me habían hecho sangre en las manos. Yo les rogué
que guardaran silencio.
La cruz del pecho hace largo tiempo que la tengo; la he
recibido alrededor de la fiesta de San Agustín. Estando arro-
dillada con los brazos extendidos me la imprimió mi celestial
Esposo. Después de habérseme impreso las llagas experimenté
en mi cuerpo una violenta mudanza. Sentía que el curso de mi
sangre se alteraba dirigiéndose con dolorosa violencia hacia esos
parajes. Francisco ha conversado conmigo esta noche y me ha
dado consuelo. Me ha hablado de la violencia de los dolores
interiores.

 

18. Es consolada con la presencia del Niño Jesús.
El deán Rensing le había impuesto rezar por una intención,
sin decirle cuál fuese. Ella cumple con el mandato, pero no ob-
tiene respuesta.
He pedido ardientemente la intercesión de María por el fin
que me ha sido impuesto, pero no he sido escuchada; por tres
veces he rezado por esa intención diciendo a Maria: “Debo rezar
porque me ha sido mandado por santa obediencia; pero no he
obtenido respuesta y he olvidado hacerlo una vez más por cau-
sa de la grande alegría que me trajo la presencia del Niño Jesús.
Espero que al fin será escuchada mi oración”. No rezo por mí
misma y cuando pido por otras personas casi siempre soy oída.
Cuando rezo por mí, no consigo nada, sino cuando pido nuevos
sufrimientos.
Soy un instrumento de Dios. Poco sé de las cosas que pasan
en torno mío. No deseo sino estar en paz.
Se lamentó con el deán Rensing de no poder llevar por más
tiempo los dolores y rogó al Señor que la aliviara. Fue escu-
chada y recitó el Te Deum. Sobre esto se expresó en la forma
siguiente:
Entonces recité el Te Deum, que pude recitar hasta el fin,
ya que lo había empezado varias veces, teniendo que interrum-
pirlo por la vehemencia de los dolores.
Le he rogado frecuentemente al Señor que me mandara
dolores y sufrimientos; pero ahora tengo la tentación de pedir
así: “Basta, Señor; no más, no más.” Los dolores en la cabeza
se hicieron tan crueles que temía perder la paciencia. Después,
al terminar el día, me puse sobre la cabeza la parte de la reli-
quia de la santa Cruz que el señor Overberg me ha dejado. Ro-
gué al Señor que me ayudara y en seguida sentí alivio. Mas aún
que las penas temporales me atormentan los sufrimientos del
alma: la aridez, la amargura, la inquietud interna; pero desde
que he recibido por dos veces la santa Comunión he gustado de
quietud y dulce consolación en el alma.

 

19. Es molestada por una horrible aparición.
He tenido esta noche graves angustias. Mi hermana estaba
sumergida en profundo sueño; la lámpara ardía, y yo estaba
despierta en mi lecho. De pronto oí un rumor en la estancia.
Miré y vi una figura horrible, suciamente vestida, que se acer-
caba poco a poco hacia mí. Cuando estuvo junto a mi lecho y
descorrió la cortina, vi que era una feísima mujer que me mi-
raba fijamente con rostro amenazador. Cuanto más me miraba,
más horrenda y espantosa me parecía. Tenia una cabeza mons-
truosamente grande y abría la boca como si quisiera echarse
sobre mí y tragarme. Al principio no me dió miedo; luego mi
temor fue en aumento. Empecé a rezar y pronuncié confiada-
mente, en alta voz, los santos nombres de Jesús y María De
pronto todo desapareció.

 

20. Recibe consuelo después de la Comunión.
Me sucedió algo que me trajo mucha consolación. He visto.
después de la C0munión, dos ángeles que llevaban una hermosa
corona de flores. Eran rosas cándidas, pero guarnecidas de lar-
gas y agudas espinas, que me punzaron cuando quise sacar una
del ramillete. “¡Ah! si no tuviera espinas”, pensé entre mi. Al
punto recibí la respuesta: “Si quieres tener las rosas, debes
soportar que las espinas te puncen”. Tendré que sufrir mucho
todavía, antes de llegar a las alegrías libres de sufrimientos.
Más tarde tuvo una imagen de igual significación.
Fuí llevada a un hermoso jardín donde había rosas de ex-
traordinario tamaño y bellos colores. Estaban circundadas de
espinas tan largas y agudas que no se podian sacar sin rocilnr
sensibles pinchazos. Dije: “Esto no me agrada.” Pero mi Angel
Custodio me replicó: “Quien no quiere padecer, no tendrá glo-
ria alguna.”
Otra visión del sufrimiento y el gozo tuvo poco tiempo
después.
Me vi a mí misma que yacía en el sepulcro; estaba tan ale-
gre que no lo puedo decir. Al mismo tiempo me pareció que me
decían que antes de mi fin tendría que padecer mucho; que
me abandonase a la gracia de Dios y fuese firme y perseverantc.
Después he visto a Maria con el Niño y tuve una alegría inde-
cible, porque la benigna Madre puso al Niño en mis brazos.
Cuando se lo devolví pedí a Maria tres gracias que me hicieran
agradable a su Hijo Divino: le rogué que me concediera amor,
humildad y paciencia.
Volviéndose hacia el deán, añadió:
¡Oh, cuán de buena gana me iria al cielo con nuestro buen
Salvador! Pero mi tiempo no es llegado aún; mis sufrimientos
y dolores se multiplican y debo ser mejor probada y purificada.
Sea hecha la voluntad de Dios, con tal que me dé la gracia de
la perseverancia en la paciencia y en el abandono al amor divino.
Confesó al deán que durante la comunión oyó estas palabras:
“¿Prefieres morir o sufrir más aú’?”… A esto respondí:
“Quiero sufrir más aún, si esto te agrada, Señor.” Mi deseo ha
sido satisfecho, pues ahora sufro más que antes.

 

21. Circunstancias en que recibió los estigmas.
Interrogada por el padre Overberg acerca de las circunstan-
cias en que recibió los estigmas, declaró lo siguiente:
Cuatro años antes de la supresión del convento hice una
visita a Koesfeld para ver a mis padres. Mientras me encon-
traba allá, una vez estuve en oración durante un par de horas,
detrás del altar que está bajo la Cruz puesta delante de la igle-
sia de San Lamberto. Sentía gran turbación por el estado de
nuestro convento y había rezado para que tanto yo como mis
hermanas pudiésemos conocer nuestras faltas y hubiese paz
firme entre todas nosotras. Había rogado a Jesús que me hiciese
sentir todos sus dolores. Creía tener una fiebre continua y que
de ella venían los dolores que experimentaba. A menudo me
venía el pensamiento de que esto proviniese por haber sido oída
mi oración; pero deseché este pensamiento cada vez que se pre-
sentaba, por no creerme digna de gracia semejante. A veces no
podía caminar a causa de los dolores en los piés. Las manos me
dolían de tal manera que no podía comenzar ningún trabajo,
como cavar, y el dedo medio de las manos no lo podía doblar y
en ocasiones lo tenía. como enteramente perdido.
Después de estos dolores, cierta vez en el convento rogué
con fervor que tanto yo como mis hermanas conociésemos bien
nuestras faltas, para que renaciese la paz y cesasen mis sufri-
mientos. Me fue respondido: “Tus padecimientos no serán dis-
minuidos; te basta la gracia de Dios. No morirá ninguna de
tus hermanas antes de haber conocido sus faltas.” Por esta res-
puesta, cuando me sobrevinieron las señales externas, pensé,
entre mi, que sólo serían visibles para mis hermanas, y me
sometí fácilmente. ¡Pero grande fue mi espanto cuando supe
que estas señales debían ser también visibles para los del mundo!
Respecto a las llagas del pecho, dijo:
Desde mi niñez he pedido frecuentemente al Señor que me
imprimiese su cruz en el corazón para no olvidar jamás sus
sufrimientos; pero nunca pensé en algún signo externo.
Preguntada por qué se cubría los estigmas de las manos,
contestó:
No puedo yo misma ver estos signos descubiertos, porque
son causa de que se estime a mi persona como dotada de gra-
cias especiales, de las cuales no soy digna.
Se me hace muy duro tener que mostrar estos signos; pero
tanto más duro se me hace cuando veo que lo desean no por
amor a Dios sino para charlar sobre lo visto. No pido al Señor
verme libre de los dolores corporales. Dios me los dejará siem-
pre. Pero ¿para qué mirar y examinar? El mismo Señor Jesu-
cristo no logró contentar a todos para que creyeran y se con-
virtieran. Otros muestran demasiada compasión por mí. ¡Oh!
¡Preferiría que rogaran por mí, para que me sometiera humil-
demente a lo que Dios dispone por medio de la autoridad ecle-
siástica, sin que yo pierda la divina gracia! Dios guia a cada
persona por un camino especial. ¿Qué importa que nosotros.
llegando al cielo, lo hayamos hecho por un camino o por otro?
¡Oh, si pudiésemos hacer solamente lo que Dios nos pide a cada
uno según nuestro propio estado!

 

22. Revela al deán Rensing algunas gracias del Señor.
A ciertas preguntas que formuló el deán Rensing, después
de narrar los sufrimientos de Santa Verónica, Ana Catalina
contestó:
No he tenido que sufrir tanto. Con todo, la disposición de
la autoridad eclesiástica, de que se intentase curar las llagas,
fué muy dura, porque me causó muchos dolores. Los dolores
de la corona de espinas en torno de la cabeza, los he probado
antes de mi ingreso en el convento y, precisamente, por primera
vez, en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld.
Viendo la sangre de sus estigmas, cuando el deán expresó
su maravilla, añadió:
Sí, es verdad; Dios me ha concedido gracias que yo no he
merecido. Yo hubiese deseado que Él encubriese estas gracias
a los ojos de los hombres, porque temo que me estimen por me-
jor de lo que soy en realidad.
El Señor me preguntó la noche pasada: “¿Quieres venir
presto junto a Mí o sufrir aún mucho tiempo por mi amor?»
A esto respondí: “Si Tú lo quieres, prefiero sufrir aún más;
con tal que me des la gracia de que sufra como Tú lo deseas.
Dios me ha prometido esta gracia y ahora me encuentro muy
contenta. El Señor me ha hecho notar que durante mi vida mo-
nástica había incurrido en muchas faltas contra la perfección,
a la cual estaba llamada por mis votos. Me he arrepentido de
nuevo de estas faltas y he obtenido de Dios la seguridad de que
no había perdido, por esas faltas, su divina gracia, porque me
había humillado delante de Él y de los hombres. Se me ha re-
cordado también que durante mi vida en el monasterio, cuando
era desconocida y mal interpretada por mis hermanas, yo, per-
severantemente, rogaba al Señor se dignase hacer conocer la
falta en que incurrían contra la caridad respecto de mi persona.
Muy a menudo, especialmente en los últimos días de verano
pasado, se me ha dado a entender, durante aquellas oraciones,
que las hermanas llegarían a reconocer sus faltas antes de mi
muerte. Ahora ellas han entrado en sí mismas, después que el
Señor me ha dado estas señales tan extraordinarias. Y esto es
para mí motivo de un gozo tal, que aún en medio de las graves
molestias ocasionadas por estas señales exteriores, doy gracias
al Señor por todas ellas.
Preguntada respecto de la llaga que Jesús tenía en los
hombros, respondió:
Sí, ciertamente, el Señor tuvo una dolorosísima llaga en
la espalda que le produjo la conducción de la cruz. Yo no tengo
esta herida, pero he sentido mucho tiempo los dolores de ella
sobre mis hombros. Desde mi infancia he honrado y venerado
esta herida de los hombros y he entendido que este recuerdo es
sumamente grato al Señor. Estando todavía en el monasterio,
Él me reveló que había tenido esa herida, en la cual tan poco
se piensa y que le había ocasionado gravísimos dolores. Me dijo
que le era tan agradable que se honrase esa llaga como le hu-
biese sido grato que alguien, en el camino del Calvario, le hu-
biese aliviado de la cruz llevándola hasta la cumbre del monte.
Desde pequeña y de seis a siete años yo acostumbraba, cuando
me encontraba sola y pensaba en los sufrimientos del Señor, a
ponerme sobre los hombros un pedazo de leño pesado o algún
otro peso que apenas podía arrastrar por el suelo.

El deán Rensing le dijo palabras de compasión por los da-
lores que sufría en la espalda al no poder cambiar de posición.
Estos dolores los tengo por nada comparados con los que
siento constantemente en las otras llagas. A pesar de esto, qui-
siera sufrir todos los dolores posibles en el cuerpo, siempre que
el Señor se dìgnase consolarme interiormente con su gracia.
En vez de estos consuelos siento ahora una amargura muy
grande en el alma. Esto se me vuelve muy duro; pero que se
haga la voluntad de Dios. Siento que los dolores se me suben
desde las plantas de los pies hasta el pecho y todas estas llagas
me parece que están entre sí en tanta relación, que los dolores
de una herida se sienten también en las demás. Pero mi sufri-
miento me ha traído gozo. Cuando tengo que padecer algo, me
alegro, y doy gracias a Dios de no estar ociosa en el lecho.

Una vez que sentía un agudo dolor de cabeza, dijo:
Mi sufrimiento no me será tan gravoso porque el Señor lo
ha mitigado con consuelos que no merezco. Cuando estaba en el
monasterio no merecía estos consuelos, porque allí a menudo
me lamentaba de la conducta de mis hermanas y he fantaseado
mucho acerca de la manera cómo ellas se debían portar y dema-
siado poco me he preocupado de cómo yo misma debía haberme
portado. Era ingratitud e imperfección a un tiempo; ahora estoy
contenta de que Dios me haga sufrir. Si supiese que con mis
sufrimientos puedo contribuir en algo a su honor y a la conver-
sión de los pecadores, quisiera sufrir con gusto más, y todavía
por más tiempo. Sólo pido que Dios me conceda paciencia.

Cuando se le habló de un traslado a Darfeld, para nuevas
visitas de médicos, dijo:
Estoy convencida, en conciencia, no poder ir más allá en
esto de recibir visitas y mostrar los estìgmas. Este aviso me fue
dado en espiritu. Yo estaba hincada en una hermosa capilla
delante de una imagen de María con el Niño Jesús y rogaba a
la Madre de Dios. Ella vino hacia mi, me abrazó y me dijo;
“Hija, está atenta y no vayas más allá. Aleja de ti las visitas v
custodia tu humildad”.

 

 

23. Salva de un peligro a su confesor.
He aquí lo que Ana Catalina relató un día al abate Lambert:
Me encontraba rodeada de muchas personas sobre el ca-
mino que conduce a la Jerusalén celestial y tenía que llevar
un peso tan grande que apenas podía ir adelante. Me detuve
algún tiempo para descansar bajo la imagen del Redentor Cru-
cificado y vi en torno de esta cruz, esparcidas. infinidad de
cruces pequeñas, formadas por hilos de paja o de ramitas del-
gadas. Mientras, llena de admiración, pensaba lo que signifi-
caban esas cruces, mi guía me dijo: “Estas son las crucecitas
que tú debías haber llevado en el convento, que eran bien
ligeras. Ahora se te ha impuesto una pesada sobre los hom-
bros; y bien, llévala”.
De pronto la numerosa comitiva se esparció a uno y otro
lado. Allí se encontraba mi confesor, que se había colocado
detrás de una mata y estaba espiando a una liebre. Le rogué
que no hiciera eso, sino más bien que me acompañara más
adelante en mi penosa senda; pero él no quiso seguirmc y
tuve que hacer mi camino sola, oprimida por el grave peso.
Entonces me vino el escrúpulo pensando que era de mi parte
poco noble y amistoso dejar a mi confesor entretenido en cosa
semejante, mientras debía, por el contrario, rogarle y aún vio-
lentarle a que caminara y me siguiera hacia una meta tan mag-
nífica. Volví atrás y lo encontré dormido y ví, con terror, que
bestias feroces estaban en torno suyo dispuestas a devorarle.
A fuerza de ruegos lo desperté con violencia, teniendo casi que
arrastrarlo conmigo, con lo que se me aumentó el peso que ya
tenía sobre mí. Al fin esto me resultó de gran provecho, puesto
que pronto llegamos a un estanque ancho y profundo a través
del cual sólo se podía pasar por un estrecho sendero. Aquí yo
hubiese caído con mi pesada carga si el buen Padre no me
hubiese ayudado. Al fin llegamos felizmente a la meta.

 

 

24. Ve la muerte de la Virgen.
En una ocasión dijo al padre Limberg:
He visto a la Madre de Dios cuando moría, rodeada de los
apóstoles y de sus parientes. He visto por mucho tiempo esta
visión. Luego la pieza y todo lo que allí dentro había me fue
puesto sobre la palma de la mano. Esto me ocasionó un gozo
indecible; pero me admiraba grandemente de que pudiese tener
en la palma de la mano una casa y lo que dentro había; me fue
dicho interiormente que eso era pura virtud y que la virtud es
más ligera que una pluma.
Durante esta noche pasada también he tenido visiones de
la muerte de la Virgen. Yo estaba en viaje a Jerusalén y mien-
tras tanto me encontraba en un estado muy particular: yacía
con los ojos abiertos, ni durmiendo ni soñando, y veía todos los
objetos de mi pieza, sin que esto me estorbase en el viaje y en
las impresiones que recibía durante el camino recorrido.

 

25. Diversas declaraciones hechas al doctor Guillermo Wesener.
Estando turbada. declaró la razón al doctor Wesener, di,-
ciéndole:
Temía sentir disminuir mi absoluta confianza en Dios, mi
unico sostén. Debiendo yacer en este lecho sin ayuda humana o
remedio, todo me conturba. Otras veces sentía una confianza tan
grande en Dios, que no me angustiaba por ningún sufrimiento,
aunque fuese muy grande; pero ahora me siento turbada ante
el proyccto de mi confesor de buscar otro alojamiento, porque
lo estimo sobre todos los demás a causa de su saludable severidad.
Confiemos en Dios y mantengámonos firmes en nuestra santa
fe. ¿Hay acaso alguna cosa más consoladora en esta tierra? ¿Qué
otra religión o filosofia podía reemplazarla? Más que a todos
compadezco a los judíos. Ellos son peores que los más ciegos
paganos. Su religión ya no es más que una fábula poética de
sus rabinos, y la maldición de Dios pesa sobre ellos. ¡Cuán in-
finitamente bueno es el Señor con nosotros, con venírnos al
encuentro a medio camino de nuestra buena voluntad y con
hacer depender la más rica participación de su gracia de nuestro
simple deseo! Si, aún un pagano, un hombre que no tiene nin-
gun conocimiento de nuestra santa fe, puede salvarse cuando,
con firme convicción y voluntad de servir a Dios, como a Altí-
simo Señor y Creador de todas las cosas, sigue aquella luz di-
vina que está infundida en nuestra naturaleza y practica la
justicia y la caridad con el prójimo.

Como le dijera el doctor Wesener que le parecía incompren-
sible que pasara tanto tiempo en oración, contestó:
Piense un poco si no es posible que alguien se sumerja de
tal manera en la lectura de un libro agradable, que olvide hasta
las cosas que le rodean. Si esto es posible ¿cómo no se perderá
del todo y olvidará todo aquél que se entretiene con Dios mismo
que es la primera fuente de toda belleza? Empezad una vez con
verdadera humildad esta adoración de Dios y veréis como os
sucederá también todo lo demás. La plegaria más acepta a Dios
es la que se hace por el prójimo, especialmente por las almas
del Purgatorio. Rogad por ellas y estad seguro que habréis pues-
to vuestra oración a buen interés.
En cuanto a mí, yo me ofrezco al Señor y digo: “Señor,
haced de mí lo que queráis”. Con esto estoy plenamente segura,
puesto que Dios, óptimo Padre. no puede hacerme sino todo el
bien deseable. Las pobres almas sufren penas indeciblemente
grandes en el Purgatorio. La diferencia entre las penas del Pur-
gatorio y las del Infierno reside en esto: en que en el Infierno
reina sólo la desesperación, y en el Purgatorio reina la esperanza
de la redención. El mayor tormento de los condenados consiste
en la ira de Dios. Del enojo de Dios se puede tener idea si se
representa el terror de un hombre a punto de caer en manos
de un furioso enemigo, de cuyas manos no podrá ya librarse.

Hablando del destino del hombre, Ana Catalina dijo:
¿Sabéis por qué Dios ha creado al hombre? Lo ha creado
para su gloria y para felicidad del hombre. Por la caída de los
ángeles decidió Dios crear a los hombres para llenar las legiones
de los ángeles caídos. Cuando el número de los ángeles caídos
se haya completado con hombres justos, será el fin del mundo.
Hablando de la limosna, se expresó así:
Vos debéis emplear vuestras fuerzas y vuestras sustancias
en favor y beneficio de los enfermos, de tal modo que vuestra
propia familia no tenga daño, No uno solo, sino muchos tienen
derecho de pedir vuestros cuidados. Los pobres deben tratar de
ganarse méritos por causa de su pobreza, porque la fe nos enseña
que la pobreza es un estado digno de envidia, puesto que el
mismo Hijo de Dios eligió para si ese estado, y ha conferido a
los pobres el primer lugar en el reino de los cielos.

Respecto de la conversación acerca. de Dios, dijo:
Me sucede siempre lo mismo: por más débil que esté, me
siento siempre fortalecida y confortada con toda conversación
quc mire a Dios y a nuestra santa fe; en cambio, el hablar de
cosas del mundo me abate y me debilita más.

Sobre la obediencia, se expresó así:
Es verdad que esta medicina me repugna de modo particu-
lar. He sufrido ya mucho por causa de ella y me ha ocasionado
mucho mal. Con todo, debo tomarla por obediencia a mi confesor,
el cual, sin embargo, ha visto en qué debilidad me quedo por
tomar esta medicina.

 

26. Visión compleja de todas las tribulaciones de su vida.
Fue una visión que me pareció contenía la representación
de todas las penas y sufrimientos de mi vida entera. Todo lo
que personas conocidas por mi han hecho o han dejado de hacer
respecto de mi misión durante todo el curso de mi vida hasta el
presente, me ha sido puesto ante la vista en imágenes. Eran
cosas tales que al principio no quería ni pensar para que no me
causaran tentaciones de aversión 0 de malevolencia, hacia al-
gunas personas. Así también. en la noche pasada, tuve que
luchar contra estas imágenes y me he defendido hasta el ex-
tremo cansancio, pero he oído, con consuelo, que he combatido
bien.
Esos cuadros se me presentaban en diversas formas: a veces
un acontecimiento como presente; otras veces veía personas que
entre si conversaban y obraban; en ocasiones imaginaba el cua-
dro como después de haber oído una narración. Me fue mos-
trado todo lo que he perdido por causa de estas cosas así en la
vida física como en la actividad espiritual. He visto el mucho
mal que me  han hecho ocultamente varias personas, cosas que
había ignorado absolutamente. Todo lo que yo había apenas
sospechado, ahora lo veía claramente. en su completa conca-
tenación. Esta ha sido para mi una verdadera lucha, porque
tenía que soportar por segunda vez las más duras pruebas de
la vida, la perversidad y la falsedad de los hombres, y debía no
solamene no sucumbir a la tentación de malevolencia hacia
ciertas personas, sino usar mayor caridad con mis peores ene-
migos.
Estos cuadros comenzaron con mi estado religioso, preci-
samente con la oposición de mis padres a mi entrada en el
monasterio..Ellos me han ejercitado en la paciencia y han re-
gulado y dispuesto todo con absoluta discreción.
Las monjas me han ocasionado muchos sufrimientos. He
visto su perversidad y cómo primeramente me maltrataban.
Cuando luego mis particulares circunstancias se hicieron públi-
cas, me honraban con exageración para volver luego a las charlas
y chismes. Mucho me hicieron sufrir porque mucho yo las
amaba. He visto al médico del convento y sus remedios y cuanto
daño me han ocasionado. He visto el segundo médico y cómo sus
remedios me han arruinado el pecho y puesto al extremo. He
visto mi pecho como si estuviese vacío y exhausto, de modo
que sin un cuidado mayor hubiera debido sucumbir. Habría
sanado de todas mis enfermedades sin medicina alguna si los
medios saludables de la Iglesia hubiesen sido regularmente em-
pleados en mi.
He visto la sinrazón con la cual he sido puesta tantas veces
a la vista del público, mirando sólo mis heridas y no las otras
cosas que las acompañaban. He visto cómo fui obligada a estar
de muestra y a servir de espectáculo; por esto fui impedida de
hacer mucho bien y no he aprovechado nada a otros. Hubiera
podido ser mucho más útil si me hubiesen dejado en paz y
tranquilidad. He visto todas mis súplicas y pedidos sobre esto;
yo no pedía por impulso propio sino por aviso interno. He visto
cómo todo esto fue en vano y cómo contra mi propia y segura
convicción he debido servir de espectáculo para el mundo y
obedecer cosas verdaderamente vergonzosas; y mientras con el
corazón oprimido hacía esto, por sola obediencia, se me reprendía
con desfachatez y temeridad, sin ser defendida por aquéllos que
me obligaban a mostrar abiertamente las señales externas de
mis llagas.

 

27. Manifiesta su pensamiento ante el proyecto de ser
trasladada a Münster.
Como quisieran conducirla a Münster para someterla a nue-
vos exámenes, privados y públicos, Ana Catalina se resistió a
ellos, exponiendo sus razones:
El señor Overberg permite que otros abusen de su gran
bondad. Quiere sacrificarme para probar, como me lo dijo otras
veces, a algunas buenas personas que los fenómenos que apa-
recen en mí no son mentidos ni artificiales. Pero ¿cómo estas
personas, que son sus penitentes, pueden concebir desconfianza
alguna, cuando él, siendo un dignisimo sacerdote, les asegura los
hechos, y después que él se ha asegurado de los hechos y puede
en todo momento procurarse nuevas pruebas? ¿Podrían estas
personas encontrar un testimonio más irrecusable y más valioso?
Si cinco mil personas; no creen a diez hombres rectos y
justos que dan testimonio de la verdad, tampoco veinte millones
creerán a algunos centenares de personas.

Como insistiese el doctor Wesener en que se trataba de
salvar algunas almas, Ana Catalina añadió:
Seguramente haría el sacrificio por la salud de una sola al-
ma; pero ¿cómo podría yo saber que esto sucederá en virtud de
un cambio de domicilio, si no fuera por la voz íntima del espíritu
que hasta ahora siempre me ha guiado, y ahora nada me ordena,
y  al contrario, siento que mi espíritu se rebela a esta idea de
cambio? Sobre esto podría añadir mucho más, pero no es lle-
gado el tiempo. Si ahora, contrariando mi interna voz, empren-
diera este viaje y muriese en el camino, ¿no sería esto contrario
al bien de mi alma y a los designios que Dios tiene sobre mí?
¿Quién me podría decir que éste no sería mi caso si no es por
la voz que suele hablar en mi interior? Digo, pues, que no bien
mi juez interno me dijese que parta, partiría al instante.
El señor Overberg me dice que debiera hacerlo para dar
gusto al buen médico Druffel, ya que su honor es atacado pú-
blicamente por causa mía. Muy de buena gana haría todo por
el honor de este médico y por todos los que por causa mía fueron
juzgados injustamente, siempre que los medios me fueran per-
mitidos, aunque hubiese yo deseado que él no imprimiese la
historia de mis enfermedades. ¡Cuántas veces le he rogado tam-
bién a él que no permitiese que fuera impresa cosa alguna de
mi durante mi vida! ¿Y por qué razón debo sacrificar mi vida,
y aún más por salvar en un hombre un poco de honor terreno?
¿Dónde estaría aquí la humildad cristiana? Además, el mayor
número nunca sería convencido, porque la pereza, la avaricia,
la desconfianza, el amor propio, la incredulidad y el temor de
tener que admitir la creencia en cosas de mayor importancia,
hacen que la muchedumbre sea ciega aún para las verdades cla-
ras como el sol.
Si tanta importancia se da a la confirmación irrecusable de
las circunstancias en las cuales me encuentro, aquellos que go-
zan de buena salud pueden venir aquí sin peligro alguno; yo,
por otra parte, no puedo ir a ellos sin evidente peligro. Me
someto a todas las pruebas y exámenes que no repugnan a mi
conciencia. Si muchos desean convencerse, pueden hacer como
otros que ya están convencidos, pueden sentarse aquí junto a
mi lecho y observarme y vìgilarme. No puedo ahorrar a los cu-
riosos la incomodidad y el dinero con daño de mi conciencia.
Quien puede viajar, que venga aquí. Si yo quisiese ir a ellos,
sería temeridad, vanidad y cosa peor; puesto que, según toda
seguridad, no podría hacer el mínimo viaje sin evidente peligro.
No puedo ponerme a disposición de todo curioso; envien hom-
bres de juicio que gocen de la estima del público y me someteré
a todas las prescripciones que no traigan daño a mi alma. Por
lo demás, no pido cosa alguna a nadie. No aparento ser nada
grande. Soy una pobre pecadora y no deseo más que olvido de
los hombres y estar en paz, para que pueda rogar y sufrir por
mis pecados y, si es posible, también por el bien dc mis próji-
mos. El Vicario General ha vuelto recientemente de Roma. ¿No
habrá dicho alguna palabra de mi al Santo Padre? El me deja
ahora en paz, ¡sean dadas gracias a Dios! ¡Oh, estad tranquilos
vosotros, buenos creyentes, que el Señor ciertamente manifes-
tará sus obras! Si todo esto viene de Dios. quedará y se man-
tendrá; si es obra de los hombres, caerá y será destruido.

En otra ocasión declaró al doctor Wcsener:
Es cierto que no es sólo por mí misma que estoy aquí pa-
deciendo. Usted no debe publicar nada respecto de mí antes de
mi muerte. Lo que tengo, no lo tengo para mí ni como cosa
mía: soy solamente un instrumento en las manos de Dios. Como
ahora puedo trasladar mi pequeño crucifijo de un lado a otro, así
debo someterme y agradar en todo a lo que Dios quiere  hacer
de mi y esto lo hago con alegría. Sé perfectamente por qué estoy
aquí sufriendo, y aún en la noche pasada me fue enseñado esto.
Siempre he pedido como gracia especial el poder sufrir y si fuese
posible expiar por aquellos que por error o debilidad se encon-
trasen en senderos equivocados. Como esta ciudad y el convento
que aquí existía me han recibido a mí, pobre campesina, des-
pués que muchos otros me habían rechazado, así me he ofrecido
especialmente en sacrificio por esta ciudad. He tenido cl con-
suelo de que Dios recibiese mi plegaria y he alejado ya más de
un mal de este lugar y espero poder ayudar todavía mucho más
en adelante.

 

28. La bendición del sacerdote alivia sus dolores.
He orado fervorosamente para que Dios me perdone si por
ventura he pedido alguna pena superior a mis fuerzas; pero
que se cumpla en mi su divina voluntad.¡El Señor se compa-
dezca de mí, por la sangre de su Hijo, y me de su gracia para
que pueda yo hacer algún bien en el mundo! Cuando solo se me
daba esta respuesta; “Es preciso que se consuma el fuego que
has puesto, sobre ti», ya no tenia esperanza alguna; al punto me
veía en un estado muy peligroso y encomendaba a Dios todo
lo mío, que tenía que dejar en desorden
Cuando el párroco ponía sobre mí sus manos y hacía ora-
ción, me parecía sentirme penetrada de una dulce corriente lu-
minosa; y cuando me dormía, me veía como un niño a quien
mecen en su cuna. También me parecía que una luz reposaba
sobre mí y que cuando el sacerdote apartaba la mano, la luz se
retiraba de mí. Yo sentía consuelo y recobraba la esperanza.
He aquí lo que pueden la mano y la oración del sacerdote.
Esta noche he padecido espantosos dolores en todo el cuer-
po y sed abrasadora, pero no me he atrevido ni me atrevo aún a
beber. Por último perdí el conocimiento y hoy, por la mañana,
creía morirme, pues toda la noche la había pasado como en
agonía. Quise decir en mi interior: “Jesús, María, José”. pero
ni siquiera eso podía decir. Entonces conocí y experimenté que
el hombre no puede nada, que no puede pensar en Dios si Dios
no le ayuda con su gracia y que el simple deseo de pensar en Él
es también una gracia de Dios. Supe que vino el padre Niesing,
pero yo no podía mover ningún miembro ni hablar. Sabía que
traía consigo un libro, y conoci con esperanza que iba a rezar
por mí. Cuando él comenzó a rezar, su compasión penetró en
mi alma como calor, y volví en mí, y pude decir con profunda
devoción los nombres de Jesús, María y José, y la vida me fue
restituida como un don de la bendición sacerdotal.

 

29. Reconoce las reliquias que lleva el capellán Niesing.
No dejaba de admirarme que no se quemara, y casi me
parecía cosa de risa que recorriera todo el camino sin ver lo que
llevaba, ya que el relicario arrojaba llamas de colores como el
arco iris. Al principio sólo veía el resplandor, pero cuando se
acercó Niessing, percibí el relicario. El que lo llevaba pasó
delante de mi habitación y atravesó la ciudad.
Esto no lo podía yo comprender; casi estaba turbada pen-
sando que llevaría las reliquias a otra casa. Estas reliquias me
dieron mucho que pensar; conocí que algunas de ellas eran muy
antiguas; otras no tanto; habían sido sacadas de su lugar en
tiempo de los anabaptistas.

 

30. Milagrosamente recibe una imagen de la Virgen.
Una noche, mientras estaba rezando a la Virgen, arrodillada
delante de la mesita de mi celda, vi una mujer resplandeciente
pasar a través de la puerta cerrada, avanzar hasta el lado menor
de la mesa e hincarse como para rezar. Tuve un momento de
temor, pero a pesar de todo permanecí tranquilamente en ora-
ción. Entonces la aparición arrodillada puso delante de mí una
pequeña imagen en escultura de la Madre de Dios, alta como una
mano, de blancura deslumbrante; después ella dejó posar su
mano abierta sobre la mesa por algunos momentos, por detrás
de la imagen. Yo me retiré un poco atrás por timidez y la mano
acercó a mi la pequeña imagen, a la que yo rendí homenaje en
mi interior. La aparición se desvaneció, pero la imagen quedó.
Representa una Madre de pié, teniendo al Niño en sus brazos;
ella es de una belleza admirable y parece de marfil. La he
llevado mucho tiempo conmigo con grande respeto; más tarde,
por una inspiración interior, la he donado a un sacerdote ex-
tranjero, a quien le fue retirada la imagen en la hora de la
muerte.

 

31. La flor maravillosa.
Recibí de María una flor maravillosa que se abría cuando
era puesta en el agua. Cerrada, parecía un botón de rosa. Cuando
estaba abierta desplegaba pequeños pétalos de variados colores,
muy delicados, que estaban en relación con los diversos efectos
espirituales que esa flor debía producir en mí. La flor tenía
un perfume de una suavidad inexplicable. La puse en mi vaso
y durante más de un mes yo bebía el agua en que había estado
sumergida. Al fin me puse inquieta por querer saber a dónde
podía yo llevar ese regalo saludable para que no fuese profa-
nado; fui advertida, entonces, en una visión, que debía hacer
componer una nueva corona a la imagen de la Madre de Dios,
que estaba en la iglesia del convento, y colocar en ella esa pe-
queña flor. Cuando le hablé de esto a la superiora y al confesor,
me exigieron que yo ahorrase mi dinero y que esperase antes
de poner en práctica mi proyecto. Pero me fue mandado otra
vez no esperar más tiempo; por esto mi confesor dió el permiso
pedido. Hice preparar ia corona en el convento de las Clarisas
de Münster y le agregué mi flor. Como las hermanas no estu-
vieron bastante atentas por tener en buen estado el adorno de
la estatua de María, yo no dejaba de mirar la corona. He visto
a la pequeña flor allí hasta la supresión del convento; después
desapareció y me fué mostrado en visión que fue llevada a otro
lugar.

 

32. Recibe un frasco lleno de bálsamo.
Recuerdo que recibí de mi guía un frasco lleno de bálsamo
Era un licor blanquecino, semejante a un aceite espeso. Me serví
de él en una grave herida que me hizo un canasto lleno de
ropa blanca mojada que cayó sobre mi y pude también curar
con ese bálsamo a otros pobre senfermos .El frasco tenía forma
de pera con cuello delgado y alargado; su tamaño era como el de
una botellita o pomo de perfumes. Era de una materia muy
transparente y lo tuve mucho tiempo en mi armario.
En otra época recibí también pequeñas porciones de un
alimento muy dulce al paladar, del cual comí por bastante tiem-
po y del cual daba a los pobres para curarlos. Habiendo hallado
esto en mi poder, la superiora me dió una reprensión, pues yo no
pude decir de dónde lo había recibido.

 

33. Satanás se aparece fingiéndose ángel.
Padecía tan agudos dolores en las llagas que me vi pre-
cisada a gritar en alta voz, porque ya no podía soportarlos. La
sangre se dirigía violentamente hacia las llagas como impulsada
de un modo intermitente. De pronto se me apareció Satanás
fingiéndose ángel de luz, y acercándose me dijo: “Traspasaré tus
llagas y mañana estarán curadas; ya no volverán a dolerte ni
te atormentarán más”. Al punto le conocí y le dije: “Vete, que
no me haces falta. Tú no me has causado estas llagas; nada
quiero contigo”. Entonces saltó y se arrojó como un perro de-
bajo de un armario. Después de un rato volvió y me dijo: “No
creas que, porque te figuras que vas siempre con Jesús, estás
siempre con Él. Todo esto procede de mí. Yo soy el que te mues-
tro todas las cosas que tú ves; también yo tengo mi reino”. Siem-
pre le ahuyenté con mis respuestas.
Ya era muy tarde cuando volvió otra vez y me dijo con
toda claridad: “¿Por qué te atormentas sin saber cómo ni cuán-
do? Todo lo que tienes y ves, procede de mí. A pesar de todo,
yo tomaré posesión de ti. Luego, ¿por qué quieres atormentarte
de este modo?” Yo le respondí: “¡Apártate de mí! ¡Quiero ser de
Jesús! Quiero amarle a Él, y maldecirte a ti, y padecer penas
y dolores, según su voluntad”. Mi angustia era tanta que pedí
al confesor que me bendijera. Entonces huyó el enemigo.
Esta mañana, estaba yo diciendo el Credo, cuando se me
apareció Satanás y me dijo: “¿De qué te sirve rezar el Credo?…
No entiendes palabra de él; pero yo te lo explicaré y lo compren-
darás y lo sabrás”. Yo le dije: “No quiero saber, sino creer”.
Entre tanto me temblaban los brazos y las piernas. Por último
desapareció.

 

34. Su divino Esposo le manda dar camas a los pobres.
(21 de Diciembre de 1819)
Esta noche sentí mucho frío y me acordé de los pobres que
se hielan de frío. Vi a mi Esposo que me dijo: “Tú no tienes
verdadera confianza en mí. ¿He permitido yo que te hieles de
frio? ¿No te he dado todo lo que necesitas? ¿Por qué no das a
los pobres las camas que hay alli sobrantes? Cuando tú las
necesites yo te las daré”.
Me avergoncé y me propuse darles las camas que no hacían
falta, a pesar de la oposición de mi hermana. Cuando los pa-
rientes quisieren venir a visitarme, podrán dormir sobre un
jergón, y si no les parece bien, que se queden en sus casas.

 

 

35. Satanás la atormenta y se ayuda con la estola del confesor.
(2 de julio de 1821)
He pasado una noche espantosa. He visto acercarse a mi
lecho un gato negro y saltar a mis manos. Le así por las patas
y lo eché de la cama, queriendo matarlo, pero se me escapó y
huyó. Estaba despierta viendo todo lo que sucedía en torno mío.
Vi a la niña dormida e intranquila y temí que viera mi
lastimoso estado. Toda la noche hasta las tres de la mañana
siguió maltratándome el enemigo bajo la figura de un no sé qué
de negro y espantoso. Me dió golpes y me arrojó fuera del lecho,
de manera que tocaba yo con las manos el suelo. Me arrojó
hacia adelante con las almohadas y me oprimió con mucha vio-
lencia. Todo esto y el haberme levantado en alto, me causó in-
decible angustia. Yo veía con toda claridad que aquello no era
sueño y sabía todo lo que hacía. Tomé las reliquias y la cruz,
pero no sentí ningún auxilio.
Rogue al Señor y a todos los santos me dijeran si por ven-
tura pesaba sobre mí algún pecado o si poseía injustamente al-
guna cosa; pero no obtuve respuesta. Conjuré al enemigo, en
nombre de todos los santos, que me dijera qué derecho tenia
sobre mí. Nada me respondió y siguió atormentándome. Asíame
de la nuca o ponía sobre mis espaldas sus garras frías como la
nieve. Por último, habiendo podido llegar, arrastrándome sobre
el suelo, hasta el armario que está a los pies de la cama, tomé la
estola del confesor que estaba allí guardada y me la puse al
cuello. Entonces dejó de tocarme y aún me dió respuesta, ha-
blándome con tal seguridad y astucia que me admiró de tal mo-
do que uno podría creer que tenía razón. Reprendióme como si
yo hubiera echado a perder muchas cosa y le hubiera causado
muchos daños y como si tuviera él los mayores derechos. Ha-
biendo preguntado ya al Señor si tenía en mi poder injusta-
mente alguna cosa, el mismo enemigo me respondió diciendo:
“Tienes ciertamente algo que es mío”. Yo le repliqué: “Sí, tengo
de ti el pecado, que contigo sea maldito. Pero Jesucristo ha sa-
tisfecho por él. Toma, pues, tu pecado y consérvalo y vete con
él a los infiernos”.
No puedo decir lo mucho que sufrí entonces.

 

36. El “lignum crucis” la alivia.
Dícele a su confesor, el cual le mostraba una reliquia de la
Santa Cruz y de la lanza:
Tambien yo la poseo (reliquia de la Cruz): la tengo en mi
corazón, sobre mi pecho. Tengo otra reliquia de la lanza. En la
cruz estaba el Cuerpo y en el Cuerpo la lanza. ¿A cuál de las dos
amaré más? La cruz fue el instrumento de la Redención; la
lanza ha abierto una espaciosa puerta al amor. La partícula de
la cruz mitiga mis dolores y hasta me los quita. Muchas veces,
al ver que el lignum crucìs dulcificaba tanto mis dolores, decía
yo al Señor confiadamente: “¡Oh, si el padecer en esta Cruz te
hubiera sido tan dulce, esta partecita de ella no me dulcifica-
ría tanto!”

 

37. La sangre de sus propias llagas.
(11 de julio de 1821)
Al ver la página de un libro manchada en sangre:
¿Qué florecilla tan delicada es esta blanca y roja que viene
del libro a la palma de mi mano? Tocó en las llagas de Jesús.

 

38. Una medalla de San Benito.
También ha sido bendecido el terciopelo. Esta es una me-
dalla de San Benito bendecida; está consagrada con una bendi-
ción que San Benito dejó a su Orden y que se funda en el mila-
gro que hizo el santo cuando quisieron envenenarle algunos mon-
jes. San Benito hizo la señal de la cruz sobre la copa que con-
tenía el veneno y la copa se hizo pedazos. Tiene virtud contra
la peste, el veneno, las artes mágicas y las tentaciones del de~
monio. El terciopelo rojo en que está cosida reposó en el sepulcro
de Wilibaldo y de Valburga y procede del lugar de donde mana
el óleo de Santa Valburga. La medalla está consagrada en aquel
convento.

 

39. Multiplicación de monedas.
Un día el Vizconde de Galen me obligó a recibir dos piezas
de oro que yo debia repartir a los pobres en su nombre. Las
hice cambiar en monedas pequeñas y con el producto de ellas
mandé hacer vestidos y calzados, que luego distribuí. Hubo una
maravillosa bendición de Dios sobre esas monedas, pues todas
las veces que las distribuía en partes, volvía a encontrar las dos
piezas de oro en mi bolsillo y así las hacía cambiar de nuevo.
Esto duró más de un año y con ese dinero socorrí a muchos
pobres. Esta gracia tuvo fin cuando a consecuencia de una en-
fermedad quedé por dos meses sin poder hacer movimientos y
la mayor parte del tiempo sin conocimiento. Como todas (las
hermanas) se apoderaban de mis cosas, Dios retiró de mi lo que
podía haber sido motivo de escándalo.

 

40. Declara la virtud que surge de varios objetos sagrados.
(17 de agosto de 1821)
San José y San Antonio han estado conmigo, y San Antonio
me ha puesto la cruz (se le había perdido el lignum crucis) en
mi propia mano. Nunca he visto lucir ninguna imagen mila-
grosa; pero si he visto enfrente de ella un sol luminoso, del que
recibía rayos que luego reflejaba sobre los que hacían oración.
A la cruz del camino de Koesfeld nunca la he visto brillar, pero
si a la partícula del lignum crucis que se hallaba dentro de ella;
y he visto que los rayos que de ella salían pasaban a través de
la cruz y descendian sobre los que oraban.
Esto es cosa buena (un Agnus Dei que le regalaron). Ha
sido tocado por la virtud, está consagrado; pero aquí, en las
reliquias, poseo yo la virtud misma. La bendición brilla (habla
de una cruz bendecida) como una estrella; honrémosla, pues.
Pero los dedos del sacerdote (dirigiéndose al confesor) son toda-
vía cosa mejor. Esta cruz puede ser destruida, pero la consa-
gración sacerdotal es indeleble, eterna; no hay muerte ni infier-
no que puedan borrarla. En el cielo, en cambio, será visible y
más señalada. Procede de Jesús, que nos ha redimido.
Está bendecida (se refiere a una imagen). Conservadla cui-
dadosamente, y no la tengáis entre objetos no santos. Al que
honra a la Madre de Dios, ella le honra también, intercediendo
por él delante de su Hijo divino. En las tentaciones es muy bue-
no ponerse estas cosas sobre el pecho; guardadla, pues, cuida-
dosamente. ¡Ah. es la imagen de la Virgen! Esta imagen ha sido
tocada en una imagen milagrosa.

 

41. Su única Madre.
Era yo niña y me hallaba en casa mortalmente enferma.
Estaba enteramente sola; mi padre y mi madre habían salido;
pero vinieron muchos niños de la vecindad, hijos del alcalde, y
toda clase de niños, que me asistían y se mostraban buenos y
cariñosos conmigo. Cortaron ramos verdes pues era el mes de
mayo y los clavaron en el suelo del jardín formando una choza
con muchos ramajes y me recostaron en ella. Venían y me traían
juguetes tan bellos como nunca los había visto: muñecas, pese-
britos, instrumentos de cocina, animales, angelitos. Con todos
ellos jugaba hasta por la mañana. A veces creo que estas cosas
preciosas deben estar allí todavia. Hoy, después del mediodía,
he llorado aún mucho y una vez estreché fuertemente contra mi
corazón a la Madre de Dios repitiendo esta invocación: “¡Tú eres
mi Madre, mi única Madrei” Con esto recibí mucho consuelo.

 

42. Visión consoladora.
Vi una multitud de hombres acercarse a una gran pradera
hacia donde yo miraba. Uno de ellos descollaba sobre todos los
demás. Habría allí como un centenar. Y dije para mi: “¿No es
éste el lugar donde el Señor dió de comer a miles de personas’.”‘
Y vino a mí el Señor con todos los discípulos y le ví escoger
los doce de entre la multitud. Vi que fijaba los ojos, ya en uno.
ya en otro y los conocí a todos: a los ancianos y a los robustos
jóvenes. Vi que los enviaba en todas direcciones, en medio de los
pueblos y los seguía con la mirada. Y como yo me preguntara
interiormente a mí misma: “¿Qué podrán hacer éstos entre tan-
ta multitud?”, el Señor me dijo: “Su voz suena muy lejos.
También ahora son enviados muchos. Quienes quiera que sean,
hombres o mujeres, pueden hacer esto. La salud que aquellos
doce trajeron, la traen también ahora éstos a quienes envío, aun-
que sean ignorados y despreciados”. Conocí que esta visión debia
servirme de consuelo.

 

43. Otra visión consoladora.
Me hallaba en la casa paterna y me parecía como si fuera
a desposarme. Las almas por quienes había hecho oración ve-
nían y me traían toda suerte de regalos, que colocaban en la
carroza nupcial. La casa nupcial era la escuela adonde había
ido yo cuando niña; ahora parecía mucho más grande y hermosa.
Dos santas religiosas ancianas eran ahora las doncellas que me acom-
pañaban. Luego llegó el Esposo en una carroza. Entre tanto yo
decía en mi interior: “Ahora vengo por tercera vez a esta es-
cuela. La primera vez vine siendo niña y en el camino se me
aparecía la Madre de Dios con el Niño y me decían que apren-
diera mucho, que Él sería mi Esposo. La segunda vez, cuando
entré en el convento y aquí en la casa de esta escuela se celebró
mi desposorio, en una visión. Ahora vengo por tercera vez a
celebrar las bodas”. Todo era magnificencia y la casa estaba lle-
na de frutos. La casa y el jardín estaban elevados sobre la tierra
y desde arriba yo veía a la tierra, oscura y desierta.

 

 

44. Habla de Clemente Brentano.
Un día le dijo Ana Catalina al poeta Clemente Brentano
mientras le confiaba sus visiones:
Muchas veces me admiro de poder hablarle a usted en con-
fianza y decirle muchas cosas de las cuales no acostumbro hablar
a nadie en presencia de otros. En el primer momento ya le
conocía, pues le había visto antes que viniera. Con frecuencia
se me ha presentado en mis visiones un hombre de rostro mo-
reno, que parecía estar escribiendo junto a mí; y así cuando
usted entró por primera vez en mi habitación, me dije a mi
misma: “Este es aquel hombre”.


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